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Diario de 1769. La llegada de los jesuitas españoles a Bolonia

Reseña de Vicente León Navarro en Anales Valentinos. Año XXXVII. 2011. Núm. 74

Manuel Luengo, rancio jesuita castellano llevó a cabo durante muchos años la encomiable y ardua labor de ser el cronista de los avatares de los jesuitas españoles exiliados (1767) y extintos (1773). Fue un hombre fiel a la orden hasta el final como otros muchos y describió con fidelidad las dificultades, sinsabores y amarguras de sus miembros. Se podrá estar de acuerdo o no con sus puntos de vista, con sus reflexiones y cerrada defensa de la Compañía, pero historió con prosa briosa y apasionada lo que consideró como criminal atentado contra su orden y las personas que la integraban que sufrieron intensamente en sus carnes el odio de políticos y eclesiásticos en aquel abril de 1767. Desde el principio se sintieron abandonados de todos, incluido del papa Clemente XIII, su presunto protector, a quien habían jurado fidelidad y que tan remiso se mostró en recibirlos en sus estados pontificios, convirtiendo a los jesuitas en pobre e indeseada mercancía de cambio abandonada a su suerte. Y no digamos de los jesuitas italianos que, no sólo fueron indiferentes a sus compadres, sino que les hicieron la vida imposible. Y así continuó a lo largo de 1769, año en el que la muerte de Clemente XIII abría las esperanzas de las cortes borbónicas para la elección de un pontífice más dúctil a sus exigencias para terminar la operación iniciada en 1767 y extinguir la Compañía de Jesús.

Efectivamente, tras la muerte de Clemente XIII se eligió al franciscano Lorenzo Ganganelli que tomó el nombre de Clemente XIV, papa de cortas luces, de muchos miedos y de no pocas aprensiones mundanas y espirituales, pero, en opinión de Azara, hábil en comer a dos carrillos. Era el papa por el que había trabajado la corte española, ayudada en esta tarea por los eclesiásticos que por interés y gloria del mundo, de poder y de sumisión, bendijeron y aun aguijonearon, cosa que no era necesaria, sus acciones para el pronto fin de la Compañía. Y en este caso no era ad majorem gloriam Dei, sino de la monarquía que compartía su triunfo con la jerarquía eclesiástica que creía beneficiar a la Iglesia, a la religión y, tal vez, al mismo Evangelio. Triste espectáculo que dejaba al descubierto la miseria humana y la volubilidad de los caracteres que se consideraban incluso sagrados.

Con ello no queremos justificar a los jesuitas ni a su orden, no tan inocentes como pretende presentarlos el padre Luengo, pero tiene razón en que no era necesario manifestar tanto odio, ni tratarlos con tanta brutalidad, ni exponerlos a un continuo chantaje con sus pensiones tanto durante su vida de exiliados como tras la extinción de la Compañía.

Por las páginas del Diario, que supo guardar celosamente y con ingenio su autor, pasan personajes a los que describe según sus simpatías. A la corte de Madrid, dirigida por Manuel Roda y Campomanes en tema de jesuitas, dedica duras descalificaciones, culpando a estos personajes del trato inhumano que sufrieron en las distintas partes de la monarquía, y clama continuamente contra tales perseguidores que los difaman y calumnian por cualquier medio posible para hacerlos más despreciables ante los ojos del mundo y culparles de los males de la patria. Los ministros de Madrid parecen ciegos y furiosos en las cosas de la Compañía por el odio y rabia infernal que domina sus miserables corazones, venía a decir el autor jesuita.

Luengo espera siempre lo peor de las cortes borbónicas al servicio de Madrid. En este asunto hace especial hincapié en el empeño puesto para que el cónclave eligiera un papa a su gusto. Poco trabajo tuvo el Espíritu Santo, puesto que los cardenales españoles y el francés Bernís le hicieron los deberes. Un cónclave -"carnaval sagrado" según Azara- de poca paz y grandes manejos, máquinas y diabluras según el diarista, por lo que seguramente cantaban los congregados cada día el Veni, Creator Spiritus como si esperasen su ayuda. Y agradecido quedó el nuevo papa a Carlos III. Tal vez se acordó más del rey que del Espíritu Santo o pensó que el monarca, buen cazador, lo suplía y controlaba. Cosas de fe, de política y de intereses. Luengo tenía claro y acertaba en el interés de Madrid en sacar un papa de su conveniencia. Y tal papa, para Luengo, no podía ser más que un hombre de poca rectitud, entereza, y fruto de torcidos manejos políticos.

A pesar de todo, Clemente XIV aún tardó en aceptar las presiones de unos y otros para acabar con la Compañía, pero sus gestos indicaban que seguía las directrices de las cortes borbónicas, como se reflejó en la elección de su secretario el cardenal Pallavicini, de triste recuerdo para los jesuitas, y en la marginación en que mantenían al general de la Compañía, que tampoco estuvo a la altura de las circunstancias. La elección de fray Lorenzo fue un duro golpe para Luengo que se quedó, dice, "turbado y helado". Pero a Luengo le preocupaba mucho la situación de sus hermanos de religión, incluso la de los italianos tan despegados, altaneros y soberbios. No podía olvidar el desprecio con que habían sido recibidos en los estados pontificios, maltratados por un chaquetero arzobispo, y estafados por la gente del país, aprovechando sus necesidades, extranjería, destierro y pobreza. Hasta la aparente anécdota de los baúles adquiere categoría dramática, por representar toda su posesión tanto material como espiritual.

Luengo ve el presente, pero también otea el futuro y su ánimo anda dividido entre lo que ve y lo que quiere ver, según las noticias que le llegan. Sabía que el fin de todo el montaje político-eclesiástico era la extinción de la Compañía. "Es increíble, escribía el 29 de noviembre, e inexplicable la inquietud y desasosiego, la confusión y turbación, los miedos, sustos y sobresaltos en que se halla el común de los jesuitas que hay al presente en Bolonia. No se ven más que caras tristes, lúgubres y sombrías". No era para menos viendo el ambiente que le rodeaba y presagiaba, aunque, como hombre confiado y de fe creía que la extinción "no está aún en sazón". Efectivamente, no lo estaba y a ello se acogía ante las noticias contradictorias que le llegaban. Así podía escribir el 31 de diciembre con cierto consuelo: "Quede pues fijo y asentado que al salir de este año de 1769 primero del pontificado de Clemente XIV, nada hay cierto, o por lo menos público y notorio, sobre la suerte de la Compañía de Jesús en Roma". Después de todo confiaba en el papa, que tal vez tocado por el Espíritu Santo, ausente del cónclave, le hiciera ver la necesidad de la Compañía, defensora del orden, del trono y del altar.

Éste es el libro que presentan Isidoro Pinero e Inmaculada Fernández con una introducción importante sobre lo que representa la obra del padre Luengo y el Diario de 1769. El estudio recoge aspectos de otros trabajos que encuentran aquí su justo encuadre para dar un enfoque global de la trayectoria del exilio de los jesuitas y su asentamiento en la Italia papal y el papel representado tanto por las cortes borbónicas con sus representantes más insignes, civiles y eclesiásticos, como por el papa con su corte cardenalicia. La unión de todos, por unos u otros motivos, permitirá la humillación de los jesuitas españoles que Luengo intentará superar en sí mismo y en los demás, luchando por mantener la unidad y el espíritu de la Compañía allí donde se encuentren.

Ambos autores son excelentes conocedores del tema jesuítico, como demuestran sus numerosas publicaciones. La profesora Fernández ha sido galardona por la Real Academia de la Historia Portuguesa por el libro Los jesuitas rehenes de Carlos III, reseñado ya en el número anterior de Anales. El profesor Pinedo ha sido objeto de un merecido homenaje recientemente.


Vicente León Navarro