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Presentación de Fernando Schwartz del libro Chemins de fer, chemins de sable: los españoles del Transahariano

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El siglo XX, el tiempo que Eric Hobsbawn bautizó como el siglo corto, por comprimirlo más acá de 1914 y no más allá de 1991, los 77 años que constituyen este periodo de concentración de la violencia, ha sido la más cruel de las épocas de la civilización humana, la más sangrienta. Ha habido guerras acaso más brutales y desde luego más largas de las que hemos padecido en nuestro tiempo del recuerdo vivo, pero en nuestra memoria solo cabe, me parece, el horror de lo reciente. Desde la inútil y estúpida batalla de la Somme (¡hace 100 años ya!) con sus centenares de miles de muertos sin razón, hasta la desintegración de Yugoslavia con sangre de sus propios vecinos y amigos y parientes mientras en sus fronteras los civilizados mirábamos sin comprender, pasando por los millones de muertos de la II Guerra Mundial, del Holocausto, de los crímenes de Stalin y el sufrimiento estéril de quienes estuvieron aherrojados por los regímenes comunistas y por las dictaduras, el siglo XX ha sido una orgía de barbarie. Oriente Próximo, Extremo Oriente, los genocidios del África central, China, el califato islámico de la brutal irracionalidad, mírese a donde se mire ha habido derramamiento de sangre sin interrupción. Y no parece que el XXI lleve mejor camino: basta pensar en Siria y en la tragedia de los millones de sus refugiados, víctimas dobles de la guerra y de la avaricia e insensibilidad de Europa. Un tiempo realmente difícil y lo digo consciente de que estos años terribles han convivido con los mayores logros y avances de la ciencia, del bienestar, del progreso civilizador. Incomprensible pero es así.

Me pregunto si el análisis riguroso de la historia reciente corresponde a un despertar de la vergüenza colectiva frente al sufrimiento del otro. El inicio estaría entonces en un instante solo, apenas un lustro, el que va de 1935 a 1940, en el que tanta crueldad se tiñe por momentos de un romanticismo que, sin esconder la sangre y el sufrimiento, sí parece darle un cierto sentido moral. Al hablar del primero de esos tramos históricos, el de la guerra civil española, el historiador británico Kenneth Watkins asegura que

Fue un espejo en el que se miraron los hombres y que les devolvió no un reflejo de la realidad sino la imagen de los miedos y esperanzas de su generación. Para muchos se convirtió en la cuestión moral más importante de su tiempo.

Y Michael Ignatieff en su ensayo El honor del guerrero, se pregunta:

" ¿Qué tiene que ocurrir para que unos vecinos ignorantes por completo de pertenecer a civilizaciones opuestas comiencen a pensar y a odiar? ¿Cómo llegan a detestar y demonizar a los que una vez llamaron amigos? " "Antes de la guerra iban a las mismas escuelas, trabajaban en los mismos garajes, salían con las mismas chicas…"

Menudo epitafio para cualquier guerra civil.


Pero después, Ignatieff abre el campo para intentar explicar el interés espantado de los europeos en un conflicto, yugoslavo en este caso: " para la práctica totalidad de la historia de la humanidad, las fronteras de nuestro universo moral eran las fronteras de la tribu, del idioma, de la religión o de la nación. La idea de que tendríamos obligaciones con los seres humanos más allá de nuestras fronteras… es un invento reciente, el resultado de nuestro despertar a la vergüenza de haber hecho tan poco por millones de extranjeros que murieron en los experimentos de terror y exterminio de este siglo. "

Pues al final de la guerra civil española, me parece que Francia se empeñó en negar el conjunto de estas obligaciones. Este es también tiempo de los refugiados, la tragedia a la que nos enfrentamos con vergüenza, ayer y hoy. El velo del sonrojo ha vuelto ahora con el espectáculo de los millones de refugiados escapando del norte de África.

Volvamos a lo que nos ocupa hoy. Al estallar la IIGM, la acción regresa bruscamente a la inhumanidad por donde solía: acabada la guerra civil española, el mundo vuelve a preocuparse de otras amenazas más inminentes, más globales que afectan directamente a los generosos de otrora. Los perdedores, entonces, no son más que perdedores. Se inaugura el tiempo de los refugiados tratados sin misericordia, derrotados en tal aventura: la de salir derrotados cuando el perdedor, con todos los altibajos y miserias que se quieran, sabía que su lucha por la libertad había sido digna y justa. Intento imaginar el dolor con el que los restos destruidos del ejército republicano español, los restos destruidos de la población de media España (aunque no todos pudieran o quisieran huir), los restos, digo, que cruzaron la frontera hacia Francia o elmar hacia el norte de África: empezaban el destierro de 40 años. Todos, esperando encontrar viejos amigos, viejos luchadores de la libertad, correligionarios que los acogerían para darles consuelo y para volver a luchar con ellos para darles su revancha, el clavo que faltaba. Habían ido a por Hitler, luego a por Mussolini y no les quedaba más que Franco. Todos, sin embargo, sin la excepción de los que habían llegado a Europa y se encontraron luchando contra el Eje de la noche a la mañana, sufrieron dolor y humillaciones sin cuento. Porque lejos de toparse con los libertadores, de ser recibidos con los brazos abiertos por los demócratas con los que se habían hermanado en España, tuvieron que hacer frente y padecer la miseria del gobierno francés, que los recibía como enemigos, como ratas de las que aprovecharse.

Sea como fuere, no se ha vuelto a registrar en la historia un cataclismo emocional como el que provocó la guerra civil española. El protagonista de Mirando hacia atrás con ira, del comediógrafo inglés John Osborne, exclama:

Supongo que la gente de nuestra generación es ya incapaz de morir por causas que valgan la pena. Eso lo hicieron nuestros padres por nosotros, en los años 30 y 40 […] Ya no quedan causas buenas por las que luchar.

La II Guerra Mundial fue extremadamente cruel, sí, incluso con las pequeñas bolsas residuales del entusiasmo romántico al que me refería: los que participaron en ellas, sobre todo en el teatro francés de la guerra continental, sacrificaron una vez más su libertad y sus vidas en aras del ideal moral de la dignidad, pero no todos los republicanos españoles tuvieron la oportunidad de hacerlo.

Muchos habían pasado por el infierno de los campos del sur de Francia (los establecidos por el régimen de Vichy, por los que el Presidente Hollande ha pedido perdón hace bien poco), habían penado por el desierto argelino, muchos habían cruzado a pie el desierto del Chad, habían desembarcado en Normandía y acabaron llegando a París el 24 de agosto de 1944.

Pero son los otros, los sin esperanza, los que salieron de aquí mismo en su mayoría a bordo del famoso vapor Stanbrook, de chalupas y pesqueros, y llegaron a las costas africanas para ser tratados como escoria por las autoridades francesas. ¿Qué les voy a contar a ustedes?

Me parece que la peripecia de estas pobres gentes que, a manos de las autoridades francesas de Vichy, fueron recibidas como apestados, encerradas en campos de concentración y obligadas a trabajar como esclavos, padeciendo castigos bestiales, es de las cosas más horribles que produjo esta guerra de cosas horribles, de campos de concentración, de hornos crematorios, de kapos, de esclavitud, enfermedades, piojos y trabajos forzados e inmisericordes. Todo, con un único horizonte, la muerte… a menos de que, siendo los españoles de la esperanza, fueran capaces de resistir todos los sufrimientos para recuperar su libertad. Y así fue.


Vamos a lo que nos trae aquí.


Una foto, una única foto de la desolación, la de la estación del Transahariano en Mengoub, imagen más terrible en su soledad plomiza y desierta que cualquiera de los adjetivos que los que estamos aquí hayamos podido escribir nunca. No sólo porque no queda nadie en su reflejo sino porque constituye un documento único de la crueldad y estupidez sádica de la Francia de Vichy.

Esa foto es la que me ha traído aquí. La tomó Carmen Ródenas, que después, con Carlos Barciela, editó el libro que tenemos entre manos sustentado en la exposición de fotografías del Chemins de fer, chemins de sable.

Pero este libro es algo más: un análisis espléndido del momento en el norte de la África francesa, con sus vaivenes (¡esos juegos de crueldad estériles!) y estúpidos afanes imperiales de Vichy. Cada artículo se ocupa con minuciosidad de cada aspecto del drama. Los del contexto histórico: el del Prof. Albert Broder, que estudia el trasfondo del Mer-Niger y que desmonta su leyenda con una frase bien sencilla: " el mito de la acogida de los republicanos españoles todavía perdura en Francia, como una manera de negar ciertas realidades de un pasado que no pasa ". El del Prof. Carlos Barciela, que lo orienta sobre la engañifa colonialista de España.

Los de los campos de trabajo: el de Juan Martínez Leal sobre la odisea de los republicanos españoles. Y el minucioso estudio de Carmen Ródenas, sobre el número de refugiados y esclavos que esperaban, como agua de mayo, la liberación que había de llegarles tras el desembarco norteamericano en la costa Atlántica de Marruecos y que se hizo esperar meses en medio de una confusión típica de los administradores corrompidos.

Y pespunteándolo todo, los duros e inocentes dibujos de Paco Roca.

Quisiera terminar leyendo los párrafos finales del ensayo de Carmen, porque me parece que reflejan perfectamente lo que fue la horrible historia de los españoles huidos de la guerra civil española al infierno de los campos del norte de África:

…Todos ellos imbatibles. Durante casi cinco años, desde 1939 hasta la plena liberación del norte de África a finales de 1943, miles de republicanos españoles, los rojos, no tuvieron más remedio que resistir la dureza del desierto, el frío extremo, el calor, la sed perenne, las arbitrariedades, los castigos, las enfermedades…
Rojos olvidados por la Historia no una sino varias veces. Si nadie nos descubrió este exilio africano, tampoco nadie nos contó que después de las tormentas de arena muchos se enrolaron en las fuerzas de la Francia Libre con el general Leclerc y que fueron los primeros en entrar y liberar París en agosto de 1944.
Ya lo he dicho, las fotos no importan, es su historia, la historia de estos hombres infatigables. Su papel como protagonistas de la Historia, que nos ha sido arrebatado, embargado, secuestrado.
Ellos son los olvidados.

Si este no es un alegato por la Memoria Histórica, que venga Dios y lo vea.


Me parece, además, que es el recuento del coraje de unos hombres que no pretendieron más que dar su sangre por una causa justa sin importarles que su gesta no fuera reconocida. O que fuera olvidada durante décadas. Acabaron la guerra y se eclipsaron en el anonimato. Acaso el mejor resumen de su hazaña sea un Amado Granell, un hombre del Stanbrook, a quien, cuando lo condecoraba en el Arco de Triunfo, Leclerc dijo: " si es verdad que Napoleón creó la Legión de Honor para premiar a los bravos, nadie la merece como usted "

Muchas gracias.

FERNANDO SCHWARTZ