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PRINCEPS IVVENTVTIS. La imagen monetaria del heredero en época julio-claudia

Fragmento


I. Introducción

1.1. La idea de la sucesión dinástica

Mientras el régimen augusteo evolucionaba hacia la monarquía hereditaria y autocrática, la supervivencia del lenguaje republicano en el derecho público extendía la falsa idea de una república restaurada. El régimen del Principado bajo la dinastía Julio-Claudia revela una esencia monárquica, revestido ideológicamente con las teorías helenísticas sobre la monarquía y la influencia de la obra ciceroniana y su modelo de príncipe ideal[1].

Un régimen no puede considerarse consolidado si no se asegura su continuidad. La historia del Principado, y del Imperio en suma, es la historia de la transmisión del poder, y las formas de sucesión utilizadas –herencia, adopción, aclamación militar, elección por el Senado, usurpación- muestran que la ilimitada acumulación de autoridad y poderes en la persona de Augusto supone la mayor dificultad para la transmisión del poder. Augusto asentó las bases del gobierno monárquico, pero no logró asegurar unos principios válidos de transmisión[2].

Para Salmon[3], Augusto realizó en el 27 a.C. su primer esfuerzo serio por regularizar su posición en el estado: rem publicam ex mea potestate in senatus populique Romani arbitrium transtuli[4]; restaurando así el gobierno constitucional, que no la república, que el Senado y el pueblo habían conocido con anterioridad, creando las bases de una forma monárquica de gobierno. Ese poder unipersonal fue construido gradualmente a través de una larga evolución, hasta dotarlo de base jurídica. Y su posición final en el estado fue más el resultado de una política oportunista, de una construcción pieza a pieza, que de una doctrina planificada o un programa claro y preciso. Para el autor, la auctoritas de Augusto no era la que le confería la supremacía en el poder, no constituía una pieza de la maquinaria constitucional, pero sí que ésta, adquirida por reunir una serie de cualidades, así como el hecho de haber ostentado el imperium, le permitía ocupar una posición privilegiada en el estado, colocarse por encima de cualquier magistrado que ostentase el mismo imperium. La auctoritas, desprovista de contenido jurídico, es un concepto sagrado arcaico que, desempolvado por la propaganda de Augusto, debía servir para expresar la particular posición del nuevo princeps dentro del estado. El término se fundamenta en las magistraturas investidas, en los servicios al estado y en los títulos religiosos y honoríficos.

La verdadera posición de Augusto, preocupado en mantener un modelo republicano basado en el doble principio de igualdad de potestas a través de la colegialidad y renovación anual de las magistraturas, es disimulada de manera clara para no dejar entrever que el príncipe conserva en sus manos los plenos poderes, a través del imperium, el poder militar, además de la autoridad civil. Como afirma Chevalier, es la monarquía sin el título[5]. Esta monarquía ha sido traducida en el lenguaje de una ideología moralizante bajo la forma de una misión de protección y tutela sobre el conjunto de los asuntos públicos. Este lenguaje de la filosofía estoica revistió ideológicamente el cuerpo de una progresiva monarquía hereditaria y autocrática en época Julio-Claudia. De todos los títulos no oficiales que poco a poco van siendo integrados en el vocabulario imperial, tal vez sea el de rector el que mejor refleja el aporte de la filosofía estoica.

Las divergencias, tanto antiguas como modernas, sobre la herencia imperial se explican porque unos consideran el principado como una magistratura, mientras que otros como un poder personal. Como ha destacado Beranger, si se admite que el Principado es una magistratura, las precauciones de Augusto para mantenerla en el seno de su familia aparecen naturalmente como un atentado a las libertades públicas. Todas las dificultades de regular la sucesión derivan del hecho de que Augusto personaliza el poder. Y como poder eminentemente personal, es difícil de transmitir. La mayor preocupación de Augusto es asegurar la estabilidad del régimen después de su muerte. De hecho, según Beranger[6], el genio de Augusto consiste en haber fundado sobre la tradición misma lo que parece una contradicción: la herencia del poder.

La verdadera naturaleza del Principado consiste en que es un poder material y moral que se vale de los medios existentes, las instituciones republicanas; y Augusto debía prever, transmitir a sus herederos los recursos necesarios que permitieran mantener el poder. En definitiva, es un régimen híbrido, que Beranger llama “república monárquica del principado”[7]. Este carácter híbrido ya había sido analizado por el mismo autor un año antes[8]. Beranger asume que el principado es hereditario, pero es una herencia de hecho, premeditada por la transmisión dinástica directa o indirecta, o por la adopción. Esta herencia de hecho no significa que el principado se transmita automáticamente de padre a hijo, puesto que la sucesión no está reglada, se apoya en la insistencia sobre la genealogía: el heredero es hijo, nieto, biznieto, etc., del fundador de la dinastía, por ejemplo de Augusto. El Principado es una preeminencia soberana a la cual son conferidos poderes especiales, al fin y al cabo una forma de monarquía, con la cual el concepto de transmisión hereditaria del poder no está reñido, puesto que si bien la potestas no es transmisible por herencia, el poder personal (fortuna, clientela, etc.) que da el poder político es hereditario. El princeps se muestra capaz y digno de tomar la dirección del estado, fortalecido por la opinión unánime (consensus), a quien se le concede el imperium, un poder no ilegal, porque es sancionado por una ley, sino extra-legal puesto que es desarrollado al margen de las instituciones republicanas que supuestamente pretende perpetuar.

Puesto que Roma jamás adoptó el principio del poder hereditario, que desde los tiempos de la monarquía, había sido fuertemente rechazado por el pueblo romano, el problema fundamental de Augusto y el principado era la continuidad del régimen. El concepto de la transmisión hereditaria del poder debe su implantación principalmente a la política diseñada por Augusto para lograr la continuidad de su régimen, continuada luego por su sucesores, y basada en una serie de pilares que serán analizados a continuación. Podríamos considerar un primer pilar en la adopción del presunto sucesor, la cual confiere una base espiritual o moral para la aceptación de su posición preeminente por parte de la sociedad romana. A la adopción debe unirse un segundo pilar, básico en cuanto dota de base legal o constitucional la posición del heredero al trono. Mientras que un tercer pilar a considerar, y que facilitaría la implantación de la idea dinástica como un concepto ligado a la continuidad del régimen en el seno de la dinastía Julio-Claudia, sin ninguna oposición aparente, sería el factor ideológico, o más explícitamente la teología del poder dinástico, difundida a través de los medios propagandísticos disponibles por el régimen. En este último factor entra en juego el valor de la numismática como difusora de la idea dinástica. Este estudio analizaría este tercer pilar desde la perspectiva de la propaganda numismática dedicada a los herederos en época Julio-Claudia.

-La base moral de la posición del heredero: la adopción

El método por el cual el poder se transmite es quizás la mejor piedra de toque para evaluar la verdadera naturaleza de cualquier organización política. Y Augusto, desde que diseñó la política dinástica, y estableció una función política de su hija Julia, estaba reconociendo su Principado como una monarquía hereditaria[9]. Los diferentes herederos al trono debían ganarse a través de una promoción política y militar acelerada apoyos entre el ejército y el pueblo de Roma principalmente.

La transmisión del poder, en el marco de la gens Julio-Claudia, es uno de los propósitos que Augusto se propondrá llevar a cabo bajo su gobierno. El autócrata, elevado a la supremacía por una combinación de habilidad y oportunismo, y seguro de que él es el hombre elegido para rescatar al estado del caos y guiarlo hacia un nuevo orden, también tratará de garantizar la continuidad del nuevo régimen después de su muerte; sobre todo teniendo en cuenta los sucesos, aún recientes, de inestabilidad política a finales de la República[10]. La sucesión en sí misma fue firme y generalmente asumida como la mejor solución para asegurar la continuidad del régimen y la estabilidad del estado. De hecho, con el final de la dinastía Julio-Claudia, la herencia es considerada como un derecho; la innovación es debida a la política activa de Augusto, y su consolidación se produce con Tiberio.

Pero Fraschetti[11] cree que el término “sucesión” debe ser usado con cautela en el ámbito de un régimen en el que Augusto aspiraba a presentarse como el “primer ciudadano”, puesto que no existían mecanismos institucionales para poder garantizar un heredero. Precisamente esta carencia jurídica para definir el sistema sucesorio ha sido planteada por la mayoría de los investigadores[12].

Para Syme[13] el Principado de Augusto no podía implicar una sucesión hereditaria, por dos razones, una jurídica y la otra personal. Los poderes de Augusto eran legales en definición y tenían el carácter de una magistratura, y la figura de Augusto como heredero de César, salvador de Roma y el Imperio era única. La continuidad podía ser asegurada a través de la adopción, que supondría una aceptación implícita, que no una confirmación legal, del adoptado como sucesor, y con la concesión de poderes a una segunda persona que actuase de collega. Las disposiciones del propio Augusto eran, sin embargo, medidas calculadas para garantizar también un heredero de su propia familia; él deseaba ofrecer una dinastía y fundar una monarquía en el sentido pleno y absoluto de estos términos.

Corbett[14] difiere de esta opinión. Syme da a entender que el principio monárquico de herencia por lazos sanguíneos está tan fuertemente condicionado en cada pensamiento de Augusto que cualquier otro heredero que no sea de su propia sangre es impensable. Esta concepción es anacrónica en opinión de Corbett; los romanos en ningún período de su historia previa al Principado, dan un especial énfasis a la herencia por lazos de sangre. La adopción siempre jugó un papel importante en la historia republicana[15]; estas consideraciones anacrónicas habrían sido importadas por historiadores en cuyos períodos los lazos de sangre eran de vital importancia para la sucesión. Antes del reinado de Tiberio, la sucesión era una formulación teórica, no un problema de experiencia práctica. Además, la herencia del poder por descendencia directa no va a ser la norma reguladora en la sucesión imperial bajo el Imperio Romano. El énfasis sobre la descendencia directa parece una moderna importación que pertenece más propiamente al estudio de las monarquías europeas que a la historia romana. Si la sangre de la gens Iulia que Gayo y Lucio recibieron de su madre era tan importante para Augusto, ¿por qué se sintió obligado a adoptar a sus nietos? Probablemente la respuesta esté en que la descendencia directa, aunque fuese lograda a través de la adopción, era más importante para los romanos que las oscuras conexiones a través de las mujeres de la familia imperial.

Prevost deja claro que todo esquema dinástico debe estar ligado a la existencia de un lazo jurídico de parentesco, que es lo que ocurre con la sucesión dinástica en la gens Julio-Claudia. La adopción se convierte en una necesidad jurídica para realizar una integración permanente y definitiva del adoptado en la casa imperial[16]. Las adopciones imperiales fueron verdaderos actos de derecho privado, y centrándose en las realizadas en la dinastía Julio-Claudia, de las que nos interesa destacar las realizadas durante el Principado de Augusto -la adopción de Gayo y Lucio, y la de Tiberio y Agrippa Póstumo, y a su vez la de Germánico por Tiberio, a pesar de que éste tenía un hijo natural, Druso-, la adopción se convierte en un medio legítimo para la transmisión hereditaria del poder.

En general, las adopciones practicadas por los emperadores Julio-Claudios comprendían los efectos esenciales de toda adopción: el paso del adoptado a la familia del adoptante, en calidad de descendiente, y la transmisión del nombre del adoptante. Prevost considera totalmente habitual la adopción por parte de Augusto de sus nietos Gayo y Lucio, puesto que la adopción por un paterfamilias de sus descendientes a través de las mujeres de la gens, es un acto normal y muy corriente dentro de las adopciones en Roma debido a la estructura agnaticia de la familia romana. En esta línea se pronuncia Fayer, al afirmar que las adopciones realizadas en la familia Julio-Claudia entraban dentro de la normalidad, puesto que fueron realizadas conforme al derecho privado, aunque su finalidad tuviera carácter político[17].

En todos los casos de adopción imperial, los individuos estaban destinados por regla general a ocupar los puestos más elevados del estado, luego la adopción es un instrumento de política dinástica al servicio del emperador, igual que lo había sido para la nobilitas durante la República, y el mejor medio que encontraron los emperadores para asegurar el poder supremo al sucesor elegido. Pero como apunta tan acertadamente Prevost, la adopción no deja de ser un acto de derecho privado que no asegura la promoción política, hace falta la obtención de los poderes civil y militar. Sin embargo, es un hecho claro que el descendiente masculino del emperador, bajo el Principado, se encuentra literalmente destinado, por el mismo hecho de su posición social, y sobre el fundamento de un consentimiento implícito, pero unánime, a ocupar en el estado la misma situación política que su padre. Por tanto, la adopción ocupa en el sistema imperial un lugar fundamental, puesto que, en ausencia de un heredero natural, asegura el mantenimiento del control político de una familia (en época imperial la gens Julio-Claudia primero), si está fundada sobre la posesión de una clientela hereditaria[18].

La política de sucesión de Augusto sufrirá diferentes modificaciones, obligada por las circunstancias. Una de sus preocupaciones constantes después de la enfermedad del 23 a.C. parece haber sido la de asociar al poder a una segunda persona con el fin de evitar el riesgo de una desaparición súbita y garantizar al estado la permanencia de una dirección monárquica[19]. La búsqueda de un heredero se prolongó sobre un período de treinta años, no exento de dificultades, contratiempos, etc. Las muertes sucesivas de Marcelo, Agrippa, Gayo y Lucio César obligaron al Príncipe a revisar sus proyectos de sucesión sin trastornar los principios fundamentales de su política.

La adopción se convierte en el camino más seguro y natural para lograr la transmisión del poder de una forma no traumática. Una vez el sucesor era adoptado, debían serle concedidos de forma progresiva los poderes inherentes a su nueva función, como en el caso de Tiberio, o Nerón. En cambio el praenomen imperator y el nomen Augustus no podían ser otorgados hasta el momento del nombramiento del sucesor (en el momento de su investidura imperial). Pero la adopción permitía que el personaje adoptado entrase en la familia de los Césares y fuera al mismo tiempo heredero de la fortuna, del nombre y de los títulos de su padre adoptivo. El signo distintivo y natural del sucesor imperial debía ser el título de Caesar y el único medio de adquirirlo era convertirse en el hijo legítimo del emperador o en su hijo adoptivo. El paso de un valor gentilicio del cognomen Caesar a un valor jurídico y político se produce de forma gradual a lo largo de la historia de la sucesión imperial, convirtiéndose en el signo de continuidad de los príncipes[20].

La adopción de Pisón por parte de Galba en lo que constituye la defensa de la teoría de la adopción del optimus princeps, la elección del mejor para dirigir el imperio es una fuerte reacción que condena el sistema donde la sucesión está estrechamente limitada al cuadro de la familia natural, como en la época Julio-Claudia. El nuevo sistema del principado inaugurado por Augusto contenía en sí mismo el principio hereditario, puesto que el problema fundamental de este sistema de gobierno es su continuidad, la sucesión. Al analizar la sucesión hereditaria en el período Julio-Claudio, Lesuisse llega a la conclusión de que en ningún momento de la historia de la transición del poder en el primer siglo del principado existe un principio de herencia estable y preciso[21].

Si las sucesiones se producen en el interior de una o más familias romanas importantes,  el hecho se debe ante todo a las circunstancias prácticas en torno a la transición de un poder de carácter netamente privado. La res domestica ha reemplazado a la res publica y esta confusión del patrimonio público y del patrimonio privado tiende a provocar la transmisión del poder imperial al mismo tiempo que la herencia paternal; de ahí la necesidad de adoptar al sucesor. En los primeros tiempos del Principado el emperador adoptará de manera espontanea a los miembros de su familia; y este hábito da al Imperio personas incapaces o futuros tiranos, por lo que tras la etapa Julio-Claudia y Flavia, el principio de la adopción del mejor termina por imponerse, tras el intento fallido de Galba, resolviendo por un largo período, a juicio de Lesuisse, el importante y delicado problema de la sucesión imperial.

Uno de los trabajos más completos sobre la designación del emperador romano es el de Parsi[22].  El autor francés trata el problema de la sucesión desde una perspectiva jurídica, analizando el papel de la adopción imperial y la “corregencia” como mecanismos válidos para reglar la sucesión. Para Parsi se conjugan durante el Imperio dos soberanías, la del princeps y la del Senado, que contribuyen a reglar pacíficamente la sucesión. La voluntad del princeps, reflejada en su decisión de adoptar un sucesor, se convierte en una ratificación por parte del Senado, y del Pueblo, aunque ésta última de carácter formal.

La designación del sucesor queda definida a través de la adopción, y en un régimen que conjuga las apariencias republicanas con la consolidación de una monarquía, se convierte en el mejor mecanismo para que sea aceptado el principio de herencia del poder sin que tenga que ser postulado de forma clara. La adopción como un  instrumento de transmisión solo crea una vinculación espiritual entre el princeps y el sucesor[23].

El instrumento de la transmisión del poder, de la herencia dinástica, fue raramente la filiación por sangre, convirtiéndose la adopción imperial en el modo de asegurar una línea sucesoria estable. Pero el principio dinástico no presenta un carácter institucional, por cuanto la adopción por parte del emperador no lleva inherente la idea de la sucesión de forma legal, es más bien una asociación de carácter espiritual, convirtiéndose de manera ficticia en una recomendación del princeps al Senado y al Pueblo.

La adopción es una institución del derecho de la familia, que al servicio del principado, y en beneficio de la política sucesoria, está a medio camino entre el derecho público y privado. La adopción no asegura automáticamente la sucesión del adoptado, pero determina la decisión final, puesto que el adoptado no es más que el heredero del prestigio y el carisma del princeps. El testamento se muestra como un mecanismo totalmente inútil puesto que no proporciona mas que una sucesión de bienes patrimoniales. En el derecho privado, la filiación dinástica asegura una transmisión patrimonial; desde el punto de vista político, la adopción exige una investidura oficial por el Senado y el pueblo, pero transmite en cambio una investidura moral. El adoptado, como el hijo natural, es el heredero espiritual, y no ocupa ninguna posición secundaria ante un heredero de sangre a la hora de considerar la sucesión[24].

Poco importa que la filiación sea por la sangre o adoptiva, sus efectos son en los dos casos los mismos. En Roma, la adopción no interrumpe el prestigio familiar. La adopción bajo los Julio-Claudios, a diferencia de la etapa Antonina, donde se desarrolla la ideología del Optimus, está ligada a la familia de Augusto, y mantiene, por tanto, su carácter exclusivo[25].

Para Miquel[26] se produce una contraposición entre principio carismático, la personalización del poder en una persona que posee unas cualidades excepcionales para gobernar, y la idea dinástica, que según él los romanos no aceptarían por su aversión a la monarquía, en la que gobierna un hombre, pura y simplemente, por estar dentro de una familia. Las dos soluciones posibles para Augusto eran una política matrimonial hábil y la adopción. Ésta última, tan común en Roma en el ámbito privado, aparecerá en el ámbito público para resolver el problema sucesorio. Augusto trata de implantar, a través de la adopción, la idea vinculante de que el hijo adoptado se convierte directamente en el sucesor, aunque la filiación no crea más que una expectativa.

- La base constitucional de la posición del heredero: la “corregencia”

Augusto desarrolló la idea simple pero genial de la concesión del imperium como garante de la continuidad del Principado y como factor de automatismo para la transmisión del poder supremo en un régimen “personal” no institucional. La característica más original del régimen augusteo es la creación de “corregentes”, y la imitación por parte de Tiberio confirma el  éxito de uno de los secretos de la política de Augusto. La función de los adiutores imperii, no se reduciría a una colaboración con el príncipe, sino que se completaría por una misión de dirección moral para los príncipes destinados al Imperio donde el aprendizaje del poder exigiría la presencia de un rector. Al vocabulario político (imperium, tribunicia potestas) responde la deontología de los filósofos estoicos: cura, tutela[27]. Para Hurlet, la investidura del imperium se caracteriza a la vez por la persistencia de elementos republicanos –con el voto del senado-consulto y la ley comicial- y la intervención del príncipe, puesto que esta combinación de elementos republicanos y monárquicos constituye a decir verdad una de las características del nuevo régimen, que puede ser definido como una simple adaptación de las antiguas instituciones republicanas a la presencia en el estado de una autoridad preeminente[28].

El término “corregencia” es aceptado por los especialistas en el Principado  augusteo para designar el sistema de gobierno del nuevo régimen, con la existencia de un “segundo” que comparta las tareas del Princeps, pero es un término que no existe en la Antigüedad, de ahí que deba ser utilizado entre comillas. Las fórmulas utilizadas en las fuentes para referirse a la asociación al poder imperial son numerosas: collega, adiutor, consors, particeps, capax, socius, minister principalis. La expresión latina más utilizada para designar los colaboradores del princeps es adiutor, pero es más una fórmula literaria que un término específico para el cargo de “corregente” o segundo del Imperio. La única expresión que ha sido utilizada por los documentos oficiales para designar los adjuntos al Príncipe es collega, siendo el colaborador del Príncipe y repartiéndose los más altos poderes. La noción de “corregencia” no es una ficción jurídica, se corresponde con una realidad jurídica propia de la Antigüedad romana. La asociación al poder es la garantía de la continuidad del poder unipersonal. Augusto suprime la posibilidad de toda ausencia de la legalidad a su muerte permitiendo ejercer a sus presuntos herederos el imperium y la potestas tribunicia, que ocuparán su lugar después de haber sido utilizados como auxiliares.

En opinión de Pani[29], la precariedad del sistema del Principado está en la inexistencia ideológica del régimen sobre los aspectos continuadores y sobre la estabilidad de la obra del príncipe. Augusto podía contar con la defensa de la tradición y de la estructura gentilicia del poder para conseguir que madurara la idea de la sucesión dinástica. Pero tan importante para el reconocimiento de la legitimidad y el predominio de una familia en el gobierno de la res publica era la divinización de su papel a través de la concepción helenístico-aristocrática de una ascendencia divina heroica. Para el autor, expresiones como “doble principado” o “corregencia”, muy en uso, deben probablemente ser eliminadas de la terminología como impropias para la época Julio-Claudia. En el sistema político y en la mentalidad romana, la regencia representaba a su juicio un problema.

Los primeros años del gobierno de Augusto constituyeron un proceso de progresiva reafirmación y consolidación del Principado, un Principado que se consolidó bajo un aparente marco constitucional republicano, y con la “corregencia” como sistema de gobierno experimentado por el Príncipe a partir del año 23 a.C., apoyándose en primer lugar en la figura de Agrippa. Augusto reunió varios poderes en su persona, constitucionales en cuanto a su título, pero excepcionales en cuanto a su fin y envergadura: potestad tribunicia, imperium proconsular, pontificado máximo. Todos estos poderes le fueron conferidos a título personal. Poderes constitucionales como fachada tradicional para el fin que buscaba Augusto, la monarquía hereditaria. La “corregencia” supuso el modelo de gobierno bajo el reinado de Augusto, pero la función de los “corregentes” del Imperio no se redujo sólo a una colaboración con el Príncipe para descargar a éste de parte de sus tareas.

Tal proceso, lento debido a la fuerte oposición senatorial, tiende hacia un régimen monárquico en el que entrará a formar parte como concepto básico la herencia del poder unipersonal. El concepto, rechazado desde el principio por los partidarios de la legalidad republicana, será finalmente impuesto por Augusto, a través de una de las políticas propagandísticas e ideológicas más complejas y directas empleadas por el Princeps, en la que la iconografía numismática juega un papel fundamental para tal éxito.

Partiendo de la hipótesis de que Augusto ya tenía en mente una futura sucesión al Principado en el marco de la ficción republicana, tal como quedará demostrado, la complejidad en la política de sucesión de Augusto consistió en poder cristalizar alrededor de sus candidatos las formas de poder y estatus suficientemente claras para hacer de la sucesión un hecho inevitable; proceso difícil máxime cuando el estatus del Princeps estaba siendo definido y consolidado a la vez.

La solución legal para el problema sucesorio, el cual no es concebible en un régimen en el que Augusto ostenta unos poderes que no tienen un carácter hereditario, y teóricamente son delegados por el Senado y el Pueblo de Roma, es la asociación al poder imperial que evite un vacío de poder a la muerte del Príncipe, convirtiéndose en el mecanismo que hace posible que el heredero, designado implícitamente por la adopción, consiga convertirse en el sucesor de forma explícita. El problema parte de la aceptación del concepto de transmisión del poder, que es ajeno al sistema de gobierno republicano.

Este aspecto ha sido planteado por los diferentes investigadores que han tratado sobre la cuestión sucesoria en el período Julio-Claudio y más concretamente en la figura de Augusto, que es quien debía solventar el problema en primer lugar, centrándose en un enfoque jurídico puesto que era en este aspecto donde se producía una anormalidad más clara.

Sin duda alguna el estudio más completo sobre el papel de la “corregencia” como solución legal para la asimilación del concepto de transmisión del poder es el de Hurlet. El autor, partiendo del análisis de las carreras de los “corregentes” bajo los principados de Augusto y Tiberio -Agrippa, Tiberio y Druso, Gayo y Lucio César, Germánico y Druso Minor- llega a evaluar la importancia que esta nueva realidad jurídica tiene para el nuevo régimen desde el punto de vista dinástico. Los fundamentos sobre los cuales reposan las prerrogativas del asociado al príncipe son en todo momento poderes de esencia republicana, por lo que la “corregencia” aparece como un elemento que contribuye a reforzar la fachada republicana del principado. Un régimen que disimula su verdadera identidad detrás de una terminología republicana para no desvelar públicamente los fundamentos dinásticos del principado[30].

Para Hurlet, la insistencia con la cual el nuevo régimen presenta al “corregente” como un collega no deja duda sobre el valor ideológico de la asociación al poder imperial en la elaboración del mito de la res publica restituta. Pero existe un lazo directo entre “corregencia” y sucesión siempre que entendamos el principado de Augusto como una monarquía. El problema parte de la definición que demos al nuevo régimen, porque si se interpreta desde una perspectiva estrictamente republicana, la “corregencia” no es más que la aplicación del viejo principio republicano de la colegialidad en el ejercicio de los poderes. Pero la restauración de la colegialidad es más una ficción que una realidad, un subterfugio político para no mostrar la verdadera naturaleza del régimen. El análisis de la “corregencia” debe tener en cuenta no solo el aspecto jurídico, es decir, que Augusto haya creado una nueva forma de colegialidad, sino también de manera fundamental las relaciones entre la “corregencia” y la sucesión, así como la aparición de esta nueva forma de poder y su exclusividad en el seno de la dinastía Julia, lo que convierte el régimen en una monarquía dinástica.

La consecuencia práctica de la instauración de una “corregencia” era la designación informal del “corregente” como sucesor. Este lazo entre la asociación al poder imperial y la necesidad de asegurar la continuidad del régimen lo vemos en las figuras de Agrippa en el 23 a.C., o Tiberio a partir del 4 d.C. El caso del acceso al poder de Tiberio demuestra que el ejercicio de la “corregencia” podía preparar a la sucesión dando al “corregente” todas las facilidades institucionales para recibir la herencia política de su predecesor[31].

Las dos síntesis más completas que responden afirmativamente sobre la cuestión de si Augusto crea la “corregencia” como mecanismo legal para asegurar la sucesión hereditaria son los trabajos de T. Mommsen y E. Kornemann[32].

El talón de Aquiles del principado lo constituye el problema sucesorio. Para Mommsen, quien daba un enfoque jurídico del problema, la sucesión hereditaria y la designación anticipada son incompatibles con la naturaleza jurídica del Principado, una magistratura extraordinaria y vitalicia que en teoría respeta la voluntad del Pueblo y del Senado. Al princeps, que no puede designar formalmente un sucesor, le queda la posibilidad de proponer un sucesor. Para Mommsen la falta de una designación formal del sucesor da a la figura del “corregente” una importancia mayor, puesto que es la persona que salva la continuidad del régimen, llenando el vacío que queda entre dos principes, siendo además de hecho el presunto sucesor, poseedor de un poder extraordinario. Mommsen creía que, jurídicamente, el Principado muere con el princeps, puesto que no se ha efectuado una regulación formal de la sucesión que elimine esos períodos de vacancia entre dos principados, por lo que la solución está en convertir el Principado en una magistratura ordinaria. El autor cree que la causa de que no se designe formalmente un sucesor estaba en que existía una fuerte desconfianza del princeps hacia el sucesor, y el modo de protegerse fue eliminar el ordenamiento sucesorio, o más bien, no introducirlo. Pero reconoce la eficacia de la propuesta de un sucesor por el princeps, a pesar de no ser jurídicamente vinculante. Para Mommsen la restauración por Augusto de la colegialidad a la cabeza del estado habría tenido por objeto garantizar automáticamente la continuidad del poder imperial a la muerte del princeps. Mommsen da un juicio totalmente negativo de la ordenación sucesoria, fruto de ser el Principado una forma híbrida entre monarquía y república[33].

Van Sickle[34] ya había realizado un análisis de la “corregencia” y la sucesión durante los tres primeros siglos del Imperio en 1928. La tesis de Van Sickle también recoge la idea de Mommsen, como el título de su trabajo revela, al relacionar “corregencia” con sucesión, pero el autor considera al “corregente” sobre todo como un adiutor imperii, dando importancia sobre todo a su papel como colega en las responsabilidades del gobierno del Imperio. Tras reconocer la importancia del problema sucesorio en época imperial, pasa a analizar la “corregencia” como el sistema de gobierno desarrollado a partir de Augusto, y definida como la asociación al poder imperial de un colega que adquiere los dos poderes esenciales de gobierno, potestad tribunicia e imperium proconsular. Según Van Sickle, la causa que posibilitó la aparición de la “corregencia” fue el deseo del príncipe reinante de asegurar un sucesor aceptable en ausencia de una sucesión hereditaria legalizada, ya que ésta era inconcebible debido a los prejuicios contra la monarquía. Pero, además, añadía otras causas como la posibilidad de descargar sobre el colega las tareas de gobierno, o incluso el deseo de la aristocracia senatorial de retornar a las formas de la República, volviendo a la colegialidad, lo cual es discutible. Augusto tenía intención de transmitir sus poderes a sus descendientes, pero ante la ausencia de hijos propios, debía esperar a que crecieran sus nietos Gayo y Lucio, y mientras esto sucedía, la figura del “corregente” debía estar presente en caso de muerte prematura del Princeps.

Junto a la de Van Sickle, la otra monografía consagrada específicamente a esta cuestión, la que desarrolla la teoría del “Doppelprinzipat” y el “Doppelnachfolge”, es la del autor alemán Kornemann[35]. Éste liga la historia de la “corregencia” al carácter dinástico del régimen y analiza esta nueva forma de colegialidad como un instrumento constitucional destinado a asegurar en toda legalidad la continuidad de la dinastía Julia[36].

Pero su definición del principado como diarquía o doble principado convierte al “corregente” en un diarca o príncipe gobernante, de manera que dos príncipes compartirían la soberanía, puesto que el “corregente” también ejerce la potestad tribunicia, elemento característico del poder imperial, adelantándose a la opinión general que acepta este sistema de gobierno por primera vez con Marco Aurelio y Lucio Vero, en el s. II d.C. En cuanto al problema de la sucesión, atribuye a Augusto la creación de un sistema complejo de promoción de varios miembros de su domus para asegurar la sucesión: consiste en colocar a la cabeza del estado dos pares bien distintos, el primero compuesto del príncipe y su “corregente” (“Doppelprinzipat”), el segundo formado por dos jóvenes príncipes de la familia imperial que estarían destinados a ocupar luego la sucesión (“Doppelnachfolge”). El sistema se regeneraría automáticamente en caso de que algunos de sus miembros desapareciera.

Para el autor alemán, bajo el principado de Augusto, una primera etapa, del 27 a.C. al 4 d.C. solo estaría definida por la existencia de dos pares distintos de herederos, primero Marcello y Tiberio del 25-23 a.C. y luego Gayo y Lucio del 17 a.C. al 2 d.C.; una segunda etapa del 4-14 d.C. según la cual el “corregente” es al mismo tiempo el sucesor designado, Tiberio. Bajo el principado de Tiberio, habría varias parejas de herederos: Germánico y Druso Minor del 14 al 19 d.C. y Nerón y Druso, los hijos de Germánico hasta el 29. Así el “corregente” habría evolucionado de colaborador del princeps y tutor de los príncipes herederos con Agrippa y Tiberio del 6 al 1 a.C., collega y sucesor designado con Tiberio a partir del 4 d.C.[37]

Las teorías de Kornemann sobre parejas de príncipes herederos han sido seguidas por Sutherland, Levick, aunque la califica de rígida y esquemática, y Sidari, entre otros. 

Para Sutherland[38], es posible creer que Augusto planificara una sucesión dual basándose en la posición paralela que Gayo y Lucio mantienen a partir del año 2 a.C. El sistema dual de gobierno, que sería aplicado en los casos de Marco Aurelio y Lucio Vero, los Gordianos, Balbino y Pupieno, etc., habría sido planteado ya durante el principado augusteo, donde la presencia de un poder paralelo pero subordinado al Princeps, a través de figuras como Agrippa o Tiberio, había mostrado los verdaderos comienzos de un sistema de “corregencia”. Un sistema que fue enfatizado por Augusto a través de un desarrollo paralelo de parejas sucesorias: Marcelo y Tiberio, Gayo y Lucio, Tiberio y Agrippa Póstumo, y Tiberio y Germánico. Ésta habría sido la solución política adoptada por Augusto para hacer frente a una extensa administración y a una cada vez más centralización política y administrativa. En todo caso Sutherland huiría del esquema rígido y permanente de Kornemann.

Levick[39], que destacaba la importancia de la adopción en Roma como un medio de indicar y asegurar un sucesor en el poder político en general y en el Principado en particular, defiende una versión de la visión desarrollada por Kornemann, en la cual Augusto solventaría el problema de la sucesión creando un doble principado que haría la sucesión innecesaria. Se trata de que se solaparían principes, par sobre par. Si uno de la pareja gobernante moría, no había problema: el segundo par podía ser elevado a una posición más cercana al superviviente. Si uno del segundo par moría, el superviviente sería emparejado con el miembro permanente de la pareja gobernante, asegurando que el problema de encontrar un inmediato sucesor no sería difícil. Antes de la muerte de Agrippa en el año 12 a.C., había dos, quizás tres parejas a tener en cuenta: Augusto y Agrippa; potencialmente, Tiberio y Druso; y Gayo y Lucio César. Al morir Agrippa, los dos Claudios ocuparon un primer lugar, de manera que sus carreras continuaron como uiri militares, desarrollando paralelamente también su cursus honorum político. Finalmente la muerte de Druso provocó que Tiberio se convirtiera en el colega de Augusto en el poder, recibiendo el poder tribunicio y el imperium proconsular.

Sidari[40] habla del esquema de la pareja en el principado augusteo estudiando concretamente el caso de Gayo y Lucio César. Para el autor, una característica que se repite durante el principado de Augusto es la formación de parejas que apoyan a Augusto en los varios campos de su actividad. La pareja es aparentemente formada por el princeps y por una segunda persona, que recibe una serie de poderes. Pero no se puede hablar de pareja a un mismo nivel; conviene hacer una distinción entre la “pareja” gobernante, donde el segundo miembro es elevado casi al mismo nivel que Augusto a través de la concesión de la tribunicia potestas, y la pareja fijada por la adopción, con el único valor de designación privada y no política. Elevar a una persona casi al mismo nivel del Príncipe era un modo de evitar que en caso de muerte de éste se crease una ausencia de poder, y de este modo la continuidad institucional estaba garantizada. La pareja más típica es la de Gayo y Lucio César y supone un ejemplo útil para esclarecer la política dinástica augustea.

Según este autor, Augusto no encontró nunca una solución jurídicamente válida para el problema de la sucesión; se limitó a servirse de los únicos instrumentos disponibles (adopción y asociación al poder) para conseguir los resultados deseados sin que oficialmente se instituyera una monarquía hereditaria. El recurso al sistema del reparto del poder se debía a la exigencia de la situación política: dos personas eran absolutamente indispensables para el gobierno de un imperio tan extenso. La idea de la pareja no era una invención de Augusto, sino que encontraba su origen en la tradición republicana de la pareja consular. Augusto estableció un sistema de gobierno “corregencial” asociando a personas de confianza.

Para Hurlet el estudio de Kornemann se revela muy frágil y reposa sobre numerosas hipótesis fantasiosas. Dejando de lado la teoría del régimen imperial concebido desde su creación como un doble principado, que ya ha sido suficientemente cuestionada por numerosos investigadores[41], como una reconstrucción jurídica moderna que no reposa sobre ningún fundamento, y que no tiene ningún equivalente en el pensamiento y la ideología de la época, la teoría de la doble sucesión es para Hurlet debido a su carácter esquemático incompatible con la tendencia experimentada en el principado de Augusto. Los avatares de la dinastía Julia precisamente demuestran que no existe una forma estereotipada que regle el problema de la sucesión, puesto que no hay ensayos metódicos del príncipe para garantizar al nuevo régimen una continuidad.

La creación de la “corregencia” ligada a la resolución del problema sucesorio, planteada por Mommsen o Kornemann entre otros, también es una idea seguida por Parsi. El autor francés comienza su estudio sobre la designación e investidura del emperador romano con una idea reveladora: el punto clave del principado es el problema sucesorio. La idea dinástica está lejos de convertirse en un principio jurídico a lo largo del principado. El nuevo emperador recibe la investidura constitucional del Senado y del Pueblo, no recibe sus poderes de su predecesor[42].

Si la adopción no crea más que una asociación espiritual entre el princeps y el adoptado, recibiendo éste su carácter carismático, que lo convierte en sucesor potencial, la “corregencia” representa al contrario una asociación con carácter jurídico. Durante la época Julio-Claudia la designación de un sucesor por el princeps reinante no tiene más que un valor moral. A partir de Vespasiano, gracias a la extensión del praenomen imperator (y más tarde del nomen Caesar) por el príncipe al “corregente”, la designación del emperador adquiere un valor constitucional.

La “corregencia” nace al mismo tiempo que el principado mismo, la génesis de las dos instituciones fue paralela, comenzando con la asociación de Agrippa, y más tarde con la Tiberio. Para Parsi[43], esta colaboración entre el princeps y su adjunto debía facilitar la solución del problema sucesorio puesto que el heredero designado a título moral por la adopción ve sus posibilidades de acceso al poder consolidadas por la “corregencia”.

El “corregente” es el adjunto del príncipe, y posee como él, el imperium proconsulare y la potestas tribunicia. El “corregente” no dispone de la soberanía moral, de la auctoritas, que es patrimonio exclusivo del princeps. Moral o constitucionalmente, la soberanía imperial no entra en el conjunto de los poderes “corregenciales”, pero los poderes que ostenta el “corregente” son iguales a los del príncipe. Tal igualdad se remonta a la época augustea, mientras que la novedad en época flavia y sobre todo en época Antonina es la extensión al “corregente” del praenomen imperator[44]

Bajo los Julio-Claudios, la sucesión es establecida por el juego combinado de la adopción y de la “corregencia”. Según Parsi, los dos mecanismos dejan libertad al Senado para confirmar, a la muerte del príncipe, esta elección con una investidura oficial. A esta sucesión moral no le corresponde ningún tipo de título concreto que la designe. El nomen Caesar se transmite indistintamente a todos los descendientes agnaticios del dictador. Pero la adopción bajo los Julio-Claudios, por ser realizada siempre teniendo en cuenta sólo a los miembros de la gens, se opone a la ideología del Optimus, de manera que la adopción conserva un carácter familiar, destinada a asegurar el mantenimiento del poder dentro de un mismo grupo o clan.

Según Parsi, la institución de la “corregencia” permite verificar la división del principado en dos partes, una republicana, la otra monárquica. Y gracias a la prudencia de Augusto, el principado no recibió ninguna calificación abiertamente monárquica. Pero el fin de las dinastías imperiales es establecer una continuidad que no está inscrita en ninguna ley, una forma de legitimidad extra-legal. La transmisión por adopción o lazos de sangre de un carisma familiar que predestina al poder debe ser acompañada de la asociación al poder de manera constitucional (“corregencia”). Así, durante la época Julio-Claudia, y más concretamente para el caso de Tiberio, se unen carisma hereditario, “corregencia”, e investidura senatorial, los tres elementos indispensables que caracterizaron la sucesión[45].

La función de la “corregencia” como el mejor medio de asegurar la administración de un vasto imperio, deja en segundo plano la primacía del factor sucesorio en toda interpretación de la “corregencia”. Que los “corregentes” hayan sido auxiliares del príncipe en el ejercicio del poder, tanto civil como militar y en la administración del Imperio está fuera de toda duda. La definición de la “corregencia” como una colaboración con el príncipe y la división de las tareas de gobierno del Imperio está desarrollada en el estudio de P. Grenade dedicado a los orígenes del Principado[46]. Su contribución más novedosa se encuentra en el último capítulo, consagrado a la teoría de los adiutores imperii, no solo desde el punto de vista jurídico sino también ideológico. Para este autor la creación de la “corregencia” no estaría ligada directamente al problema de la continuidad dinástica, y la dimensión profunda de la asociación al poder imperial solo sería dinástica de forma secundaria. El “corregente” sería un fiel colaborador que el príncipe asocia a los poderes imperiales con el propósito de descargarse de una parte de sus deberes como gobernante. Por otro lado su otra misión sería la de educar y preparar a los príncipes herederos a la sucesión[47].

La asociación efectiva al poder, base esencial del sistema de la “corregencia”, es el mecanismo que permite la concesión al heredero designado de prerrogativas reales, puesto que la designación es moral, a través de una herencia natural o por adopción; prerrogativas que convertían al “corregente” en el segundo personaje del Imperio. Se conjugan así dos procedimientos: una designación moral y una asociación anticipada al poder imperial bajo la forma de la “corregencia”[48]. Dupraz especifica que el poder imperial del principado estaba compuesto de tres elementos fundamentales: el imperium proconsular, la potestad tribunicia y el pontificado supremo. Su reunión en las manos de un solo hombre crea la magistratura extraordinaria del principado.

En conclusión, para Hurlet el régimen fundado por Augusto estaba ligado por el carisma personal del príncipe, pero su futuro también dependía de que se asimilara la transmisión hereditaria del poder para que la continuidad dinástica asegurase la permanencia del Principado. Augusto encontró en el sistema de la “corregencia” el medio más adecuado para asociar de forma constitucional a un miembro de la familia imperial al poder, de manera que a la muerte de Augusto, la sucesión fuera ratificada. El lugar del “corregente” se inscribe perfectamente en el cuadro de esta continuidad dinástica: el collega era un miembro eminente de la domus Augusta, y por su posición institucional era la figura a quien debía automáticamente pasar la totalidad del poder imperial en caso de muerte del Princeps. No solo se trata del sucesor designado, calificativo que cumplen Gayo César, Tiberio del 4 al 14 d.C., Germánico a partir del 14 y Druso en el 22-23 d.C., sino también de Agrippa y Tiberio antes de su adopción, quienes se muestran como “corregentes” pero también como tutores de los hijos adoptivos de Augusto, Gayo y Lucio. Pero el garante de la continuidad del poder imperial se confunde sistemáticamente con el sucesor designado. La “corregencia” aparece como un instrumento institucional al servicio de la política dinástica del nuevo régimen[49].

-La base ideológica: la teología del poder dinástico

Hurlet ha planteado que además del análisis de los aspectos jurídicos de la “corregencia”, también deben analizarse los aspectos extra-constitucionales tales como el desarrollo progresivo de una ideología dinástica. Para Miquel, el problema de la sucesión de Augusto no es más que un mero corolario de la propia naturaleza del régimen, cuya propaganda oficial trata de resolver el problema de la legitimidad del nuevo orden[50].

El principio dinástico, sobre el cual al comienzo del Imperio los Julio-Claudios habrán fundamento su autoridad, se convirtió en la ley fundamental del Principado y en condición del poder sobrenatural del príncipe: éste último, en tanto engendrado por el emperador precedente, que es consagrado dios a su muerte, procede de su naturaleza divina y la transmite a sus descendientes[51].

Fears[52] ha desarrollado el concepto de la teología del poder imperial basada en la figura de Júpiter, y la elección divina del emperador como una idea asimilada desde comienzos del Principado. El poder y la continuidad del gobierno se basan en un mito de carácter sobrenatural. Para el autor el único conocimiento seguro de la teoría oficial del principado emana de los documentos oficiales del estado, de las monedas acuñadas por la ceca imperial y las obras de arte emprendidas por el emperador o el Senado. La idea básica de la teología del poder imperial se basa en la consideración de Júpiter en su papel de protector del emperador legítimo de Roma, elegido por los hombres y protegido por los dioses.

El concepto de la elección del emperador en última instancia por los dioses, en concreto por Júpiter, ya se encuentra al comienzo del Principado de Augusto. El emperador, convertido en “corregente” en la tierra de Júpiter, ve así legitimada su posición gracias a la sanción divina. De todas formas la idea de la elección divina del emperador es implícita más que explícita. Según Fears los emperadores Julio-Claudios no usaron uno de los vehículos de la propaganda oficial, como son las monedas, para proclamar su legitimación divina. Los sucesores del fundador de la dinastía, herederos de los deificados Julio César y Augusto, podían centrarse en proclamar las fuentes humanas y dinásticas de su poder. Para Gagé la idea dinástica va fortaleciéndose gracias a dos clases de privilegios: los privilegios temporales que le aseguran los méritos del fundador, y los privilegios espirituales que le aportan un “derecho divino”. El dios que funda los derechos sobrenaturales de los emperadores Julio-Claudios no

<i>PRINCEPS IVVENTVTIS</i>. La imagen monetaria del heredero en época julio-claudia

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