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La reconstrucción de la razón. Elías Díaz, entre la ética y la política

Prólogo de Elías Díaz

El autor de este libro –inteligente profesor de filosofía y buen amigo- me ha pedido que le escriba yo un prólogo que sirva y haga de entrada para estas páginas suyas. Algo normal entre colegas en los gremios intelectuales –uno, por lo general, mucho más joven, otro mucho más viejo- y que acepto disciplinado no sin dejar de reconocer y de hacer constar que yo no soy precisamente muy partidario de los prólogos ajenos.

Estos prólogos con cierta frecuencia resultan, a mi juicio, realmente ajenos, extraños o externos, colaterales en el mejor de los supuestos respecto de la obra que introducen, casi siempre innecesarios. Pero los partidarios de ellos suelen alegar, magnificando sin duda a sus autores, que tales escritos pueden en todo caso valer como aval o presentación por parte de alguien más veterano y/o más conocido, algo así como señal de relación intelectual o, incluso, de amistad personal. Compénsese, por tanto, una cosa con otra. Si es así –aquí lo es- y no hacen mal a nadie, ni siquiera al propio libro, pues adelante!

Pero lo malo, lo peor en este caso concreto –de ahí la anterior disquisición-, es que además este libro trata de mí, es decir del propuesto como prologista: de sus (mis) ideas jurídicas, éticas y políticas. Como bien delimita el título, tras mi nombre, “entre la ética y la política” añadiéndole enseguida el autor, en la primera línea de su Introducción, “con la mediación del Derecho”. En esta situación, dado el tema, quizás pudiera aliviarse más (y justificarse menos) en este prólogo aquel mencionado riesgo de extrañeidad o tangencialidad con respecto de los contenidos y argumentos de la obra. Pero, por el contrario –a la vez sujeto/objeto-, compruebo que con ello se me acrecientan en mucho las dificultades y preocupaciones por las más o menos ocultas y complejas interrelaciones ¿autolaudatorias y/o autocríticas? derivadas de esta insalvable y personal dual complicación. ¿Qué puede y debe decir uno (prologista), en complicidad no acrítica con el autor, sobre en definitiva un (excelente) libro que habla (bien) de sus propias ideas?.

Todo esto tiene no poco que ver asimismo con el origen y el método de trabajo en el que se gestó y se ha llevado a buen fin esta obra que, revisada y puesta al día, procede de una anterior tesis doctoral –dirigida por el profesor Manuel Atienza-  que fue presentada, debatida y de sobresaliente calificada en la Facultad de Derecho de la Universidad de Alicante el 25 de octubre de 2002. El autor, Fernando Bañuls, da ahora cuenta y razón, de forma resumida en el Epílogo que figura al final, acerca de buena parte de las cuestiones que allí fueron ese día planteadas y discutidas: lo fueron ante un muy competente y nada apologético tribunal juzgador (compuesto por los profesores José Delgado Pinto, como presidente, y por Javier Muguerza, Francisco Laporta, Juan Ruiz Manero y Josep Aguiló) y en las que yo mismo, como doctor especialmente involucrado, tuve igualmente ocasión de intervenir en, por lo general, sugerente controversia triangular. Fue, creo, una buena sesión de trabajo. Pero yo no voy a volver ahora de nuevo en estas páginas sobre todo aquello: no voy, pues, a entrar aquí en el fondo de tales cuestiones y debates. La última palabra en este (en todo) libro debe quedar siempre en manos, en poder, de su autor. Este Prólogo no es, pues, sino un breve complemento, una sucinta reflexión metodológica, más bien meta-prologal, un –ya digo- innecesario anexo de tal Epílogo y de la entera obra aquí presentada[1].

Las primeras noticias sobre el comienzo, hace ya algunos años, de la preparación  de  dicha  tesis  doctoral acerca del mencionado “tema” las recibí –entre sorprendido y reconocido- directamente del impulsor de la misma, profesor Manuel Atienza, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Alicante y fraternal (casi filial) amigo. Me hacía a la vez muy fundados elogios del doctorando Fernando Bañuls a quien yo entonces, aún sin conocerle de nada, traté por todos los medios de liberar –víctima propiciatoria- de tal académica y comprometida atadura. Una tesis doctoral no es cosa de cuatro días, ni de unas cuantas rápidas lecturas, y menos aún lo sería conociendo muy bien, en este caso, a su exigente y riguroso director.

Junto a la lógica curiosidad de fondo, todo hay que decirlo, ante tal empresa también sentía yo una responsable preocupación: una persona joven y muy bien preparada, ante ello estábamos, dedicada durante bastante tiempo a analizar las ideas de uno, metida a estudiar y repensar a fondo todos mis escritos, libros y artículos era, creo, como para preocupar. Traté de resistirme a dicho trance proporcionando al novel doctorando los muy razonables argumentos tradicionales: que era siempre  preferible elegir un clásico universal o, entre los españoles, alguien de mucha mayor relevancia, que en el mejor de los casos el “tema” era prematuro y que yo todavía era un autor que podía seguir publicando etc. etc., justificados alegatos con los que ya me había defendido, con más éxito e igual reconocimiento, en alguna anterior y aún más prematura similar situación. Pero al final -¡qué remedio!-, fracasada la disuasión, asumo los hechos y dejo prevalecer junto a la profunda gratitud por el interés mostrado hacia mis trabajos, también la libre conciencia de la necesidad, es decir la aceptación e implicación crítica y autocrítica en los resultados parciales y finales de tal indagación.

Pues el hoy ya doctor Fernando Bañuls, y su director Manuel Atienza, optaron y me propusieron desde el principio una vía de trabajo en la cual el sujeto/objeto de tal tesis, de algún modo (responsable y no acrítico) quedaba legítimamente enredado en el proceso mismo de su elaboración. Se trataba de una vía que, en esa mi condición, yo por mi parte acepté sin dudarlo, bien convencido a la postre de sus beneficios. Así, al hilo de la lectura de todos mis escritos, aquél me iba enviando de vez en cuando los sucesivos papeles, los apartados, los capítulos que iba produciendo y yo se los devolvía con las anotaciones y observaciones, que consideraba oportunos bien concordantes o discrepantes. También en frecuentes ocasiones hablábamos personal o telefónicamente (él en Elche, yo en Madrid) y así es como iba avanzando el trabajo. Él acogía lo que le parecía convincente y separaba lo que no. Por tanto, ni él estaba unánime con todo lo que yo le señalaba, ni yo lo estoy con todo lo que él prefiere resaltar. En tal tarea selectiva operaba siempre la actitud crítica, no conformista, del autor.

Dicho esto en nombre de la libertad de pensamiento, de creación y de expresión, que prevaleció total y absolutamente en su investigación, me parece que puedo afirmar que, en todo ese proceso de elaboración y en el resultado final que se ofrece en este libro, las concordancias de ideas y planteamientos son, desde luego, claramente mayores que aquellas en que subsisten legítimas discrepancias. Pero también querría añadir que estas, las discrepancias, han sido y siguen siendo enormemente fructíferas, al menos para mí. Ha resultado en consecuencia que esta tesis, este libro, las indagaciones y reflexiones de uno u otro signo que están detrás, así como las lecturas/interpretaciones de los miembros del tribunal calificador de aquella, me han ayudado desde fuera a conocerme mejor y a conocer mejor ciertos aspectos y perspectivas de mis trabajos que yo quizás había dejado, en mayor  menor medida, sin un suficiente cuestionamiento.

En el seguimiento y ejecución de esta vía de trabajo, que tal vez podría calificase como de (mayor) participación e implicación personal, yo era (y éramos, creo) muy conscientes de los riesgos e inconvenientes, junto a las indudables ventajas y utilidades, que aquella suponía. En una “teoría general” de la cuestión, el peor de aquellos podría ser el de una excesiva y acrítica presencia e influencia de las interpretaciones dadas en uno u otro momento por el autor estudiado respecto de sus propios escritos, de sus propias palabras y argumentaciones. Es verdad que todo texto encierra ya una interpretación de su autor, pero no es menos cierto que un texto una vez producido (e incluso cuando está produciéndose) cobra también una cierta distancia y autonomía, hasta una mayor o menor separación e independencia, respecto de su autor. Y que las interpretaciones atribuidas por él pueden y deben ser siempre revisadas y confrontadas con otras posibles ajenas y legítimas interpretaciones. A nadie (ni época histórica, ni persona individual) se le juzga única y definitivamente por lo que ella piensa de si misma. Y también es –creo- verdad que las opiniones e interpretaciones de otros pueden llegar a conocer mejor que uno mismo ciertos aspectos o perspectivas de la propia actividad o mentalidad. Pero eso, por supuesto, para nada implica la muerte o la negación del sujeto, principal agente –autonomía moral- de su propia vida y obra (en este caso) intelectual, situada siempre en un contexto histórico y social.

Tales cuestiones metodológicas y hermenéuticas, que afectan a las raíces mismas del conocimiento y la comunicación, estaban presentes en mi actitud de entonces y las retomo ahora de modo expreso evocando un importante Prólogo que el viejo amigo y admirado maestro, el profesor Emilio Lledó, había compuesto –en situación formalmente similar a esta mía- como entrada a un libro, anterior tesis doctoral de un joven licenciado, Joaquín Esteban, sobre los escritos filosóficos de aquél[2]. La vía de trabajo, la metodología de elaboración, en relación con el aquí denominado sujeto/objeto, había sido allí muy diferente, casi opuesta –vía, digamos, de no interveción/participación personal-, comparada con la seguida en este caso por nosotros. Pero lo que me interesaba resaltar de manera muy especial, como enriquecedor contraste, era la construcción y argumentación recreada en él por Lledó –análisis del lenguaje, silencio de la escritura- con profundas implicaciones y derivaciones de fondo como todas las suyas.

Narraba éste en dicho Prólogo cómo, en su caso y en plena coherencia con tal vía, hasta el momento mismo de la presentación oficial de dicha tesis sobre su filosofía, “yo ni siquiera conocía el nombre del autor que, también con extraordinaria discreción, había estado trabajando en mis escritos sin haberme consultado, por no importunarme, sobre las posibles, dificultades que,  a lo largo de su trabajo, hubiera podido encontrar”. Desde ese hecho, con sus propias palabras, la penetrante justificación y reconstrucción de Lledó: “Esta actitud de Joaquín Esteban motivada, como digo, por su discreción e independencia me confería una cierta contextura “teórica”. Como si mis escritos fuesen ya los únicos y exclusivos testimonios de lo que en ellos se pretendiera decir. El “silencio de la escritura” era, pues, lo suficientemente locuaz –dice- para no necesitar la voz de un autor que aunque todavía pudiera preguntársele, quedaba en cierto sentido, cómodamente relegado a la historia y a la tradición. La renuncia  a  mi  presencia  en  la  elaboración  del  libro  que  ahora prologo –añade aquél- arrancaba, ahora sé bien que conscientemente, de un presupuesto hermenéutico en el que el autor estudiado se diluía totalmente en la escritura que había producido. Por supuesto –se reafirma Emilio Lledó-, ante tal independencia de criterio para afrontar en solitario la tarea de interpretar mis páginas yo no podía por menos de manifestar mi plena conformidad”.

Tal propuesta hermenéutica no excluía la sensibilidad personal (¡y algo más!) de nuestro autor. Leemos también en su interesante Prólogo: “Pero la vida tiene sus urgencias, más acuciantes aún que los discursos que la simbolizan. Por eso –reconoce Lledó- mi nunca apagada curiosidad por saber quién hablaba no tanto de mi mismo cuanto –separa aquél- de los productos de mi mismidad, me impulsaban a conocer el autor oculto que, en el silencio de su escritura, hacía hablar a la mía. Confieso, además, que al tratarse de la primera e inesperada tesis doctoral sobre mis productos filosóficos, recibí con alegría y un cierto sobresalto la invitación para asistir a la lectura pública de la tesis de Joaquín Esteban. Oír hablar a alguien –en este caso de mi mismo- ante un tribunal universitario y escuchar la defensa que el doctorando hacía de sus interpretaciones, era un extraño suceso que sometió mi curiosidad a paradójicos despliegues”. Mutatis mutandis, así –aún con mayor sobresalto- me recuerdo yo en ese acto universitario de Alicante.

Desde ahí, reenvía Emilio Lledó a los problemas de fondo aludidos en estos nuestros distintos escritos prologales: “Es cierto –señala- que la biografía del autor, su histórico contexto, la sociedad que le cobija, puede prestar un especial calor a la aparente frialdad del espejo que cuajan las palabras. Muchas veces se ha sostenido, en la ya larga historia de la interpretación de textos, la importancia de las adecuadas contextualizaciones. Sin embargo, es muy posible que haya que buscar formas nuevas de interpretación –insiste Lledó- en la absoluta y radical orfandad de las letras. Reflejadas en el lector que las ilumina con su temporalidad inmediata –acaba concluyendo aquél- las palabras que la escritura sostienen, aunque las sepamos nacidas de un autor histórico y engarzadas en una tradición, necesitan, sobre todo, del universo abstracto que, casi intemporalmente, reside en la lengua”.

Imposible e injusto desatender las filológicas y filosóficas reflexiones tan identificadoras de Emilio Lledó sobre –destacaría yo aquí- el trasfondo “casi intemporal” de esa filosofía del lenguaje, la memoria del logos, la universalización de la razón, la reconstrucción constante a través de la palabra (interior) “de ese universo de comunicación, comprensión y diálogo” sin el cual todo lo individual y subjetivo –incluso lo histórico y social- se diluye y fragmenta carente de su más radical y plena significación. Recuperar, pues, el silencio de la escritura pero siempre –asimismo en Lledó- para esa más liberadora comunicación: philia y diálogo, como bien resalta el autor de ese estudio sobre él. Respecto de estas dos tesis doctorales, la famosa “controversia de los métodos” es aquí más bien –como se ve- convergencia y complementariedad.

Desde esta perspectiva, yo, con palabras y escrituras mucho más modestas (también, desde luego, respecto del sujeto/objeto en este libro considerado), referidas casi exclusivamente a cuestiones de filosofía política, jurídica y de ética pública, en lo que he querido insistir aquí es en esa otra fundamental perspectiva, concorde con el sentido del trabajo (libro y tesis doctoral) de Fernando Bañuls. Es decir, en el no aislamiento y cierre de tales silencios, en los condicionantes socio-históricos de los mismos, en la decisiva participación de la autonomía moral y la libertad política “del hombre y del ciudadano”, en la ruptura de los ilegítimos y forzados silencios impuestos por el poder, en la no entificación/sacralización de los textos (¡mucho menos tratándose de los míos!). O sea, en la libre lectura crítica de todas las biblias, en definitiva –para empezar- en poder hacer por todos realmente un libre uso público de la propia razón[3].



[1]Por lo demás, reciente la publicación de mi libro Un itinerario intelectual. De filosofía jurídica y política (Madrid, Biblioteca Nueva, 2003), en el cual se hace también referencia a esta tesis doctoral de Fernando Bañuls (p. 15), a él reenvío –a quien interese- para una prolongación y mayor precisión de mis propias posiciones en estos y otros cercanos temas.

[2]  Joaquín Esteban Ortega, Emilio Lledó: Una filosofía de la memoria. Prólogo de Emilio Lledó, Salamanca, Editorial San Esteban, 1997.

[3]  Bien sé que, reformuladas de uno u otro modo, tales propuestas son también fundamentales exigencias del “logos vital” en la filosofía de Emilio Lledó: así, La memoria del logos. Estudios sobre el diálogo platónico (1984), El silencio de la escritura (1991 y 1998), Palabras entrevistas. Treinta y siete conversaciones (1997) o Imágenes y palabras (1998). Convergencia y complementariedad, ya digo, en esta “teoría general del prólogo”, entre esas dos vías de (diferente) participación, personal y textual. Hablando aquí de prólogos coetáneos escritos por sujetos/objetos de su propia obra, recordaría –en la vía también de una mayor intervención personal- el de Norberto Bobbio al libro (asimismo antes tesis doctoral) de Andrea Greppi, Teoria e ideología en el pensamiento político de Norberto Bobbio, Universidad Carlos III y Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, Madrid, 1998.