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Recuerdos del Madrid de la posguerra

"La niñez en la guerra" en Babelia (Diario El País, 23-11-2013)

El autor de este libro es un distinguido catedrático de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad de Alicante. Ha escrito ampliamente sobre la economía española durante la dictadura franquista. Sus aportaciones sobre la evolución del sector agroalimentario, la contrarreforma agraria, el mercado negro y la autarquía se cuentan entre las mejores de la literatura especializada Recuerdos del Madrid de la posguerra es, formalmente, una evocación de la niñez del autor en lo que entonces era prácticamente un pueblecito madrileño, Carabanchel, y luego un barrio de la capital. Es muy conocido por una infame cárcel hoy desaparecida. En realidad el libro hace un recorrido ateniéndose a un esquema sumamente original: la evocación/análisis de los lugares y mecanismos de socialización más distintivos de aquel encuadramiento geográfico por los que transitaban los niños de lo que entonces se denominaban las “clases humildes” y la clase media baja. Entre ellos figuran en lugar destacado la escuela, las iglesias, los comercios, el cine (con divertidas páginas sobre la censura oficial y eclesial), los toros. Al amparo de esta estructura, la obra disecciona los ritos de paso por los que atravesaban los niños en el mundillo que les rodeaba.

No son recuerdos en modo alguno complacientes. El entorno en el que se inscriben estuvo marcado indeleblemente por el miedo, la represión, el hambre, las desigualdades sociales, la prepotencia del partido único (aquellos falangistas cuya “revolución” quedó siempre pendiente), el estraperlo, los mercadillos, una prostitución avasalladora y denigrante, y una educación impartida por una Iglesia beligerante y triunfadora que, como dice el autor, presentaba en todo su esplendor y con todo su poder de castigo a un Dios implacable que vendría un día a juzgar el mundo con el fuego.

El historiador brilla en acotaciones cuando, en un tono de suave ironía pero no exento de sarcasmo, identifica roles, situaciones y personajes. Particular interés despierta, en estos tiempos de cierta evocación de los logros de la dictadura, el papel de los militares en el abastecimiento del mercado negro, una máquina de extorsión sistemática que permitió a muchos aprovechados hacerse con fortunas inmensas, extrayendo hasta la última onza de plusvalía a una población atemorizada, aservilizada y sin otra perspectiva o preocupación que la de saciar el hambre en la “imperial” España de la época.

Cuando uno lee las biografías de los egregios generales y jefes militares de la ‘Cruzada’ que han ido apareciendo en los últimos años, lo primero que observa es el que brillen por su ausencia las referencias a su papel a la hora de tolerar, cuando no de promover, aquella situación. Los mecanismos solían ser muy burdos. La mera desviación de suministros hacia el sector privado bien desde origen o reduciendo el rancho de los soldados eran fórmulas generalizadas.

Hay dos aspectos que me han interesado vivamente. En primer lugar, el papel de las tiendas y comercios como lugares de socialización. Las vaquerías-lecherías, las droguerías, los bares y casas de comida y, para los chavales, las tiendas de bicicletas. Sin olvidar que, en aquellos años miserables, la más birriosa bici representaba un pequeño capital.

En segundo lugar, el papel del río Alberche. Todavía recuerdo el impacto que produjo, hace ya muchos años, Sánchez Ferlosio con su descripción de las vidas y ensueños de toda una generación anudados en torno a las excursiones al río Jarama. El Alberche, por el contrario, todavía no ha encontrado su novelista. Estaba conectado con Madrid por un ferrocarril de vía estrecha que permitía a las clases sociales a que se refiere este libro un mínimo de escape durante los fines de semana e, incluso, ¿quién lo diría?, pasar unas pequeñas vacaciones. De la mano de este tipo de lugares y mecanismos, Barciela hace un recorrido por la historia de su pueblecito, cuya incorporación a la capital, no menos “imperial”, fue más ficticia que real hasta bien entrados los años sesenta. Así nos enteramos de los orígenes y evolución de la arquitectura carabanchelera, de costumbres que emanaban del siglo XIX, si no antes, y hasta de los diversos tipos de tranvías utilizados en la línea de conexión con la plaza Mayor madrileña. Tampoco olvida los accidentes (uno, ya en 1952, causó oficialmente cerca de 130 muertos y heridos, aunque el tranvía solo estaba facultado para transportar a 16 personas sentadas y a 27 de pie).

En definitiva, una recuperación, parcial, personal, subjetiva, pero amparada en una sólida experiencia de historiador, que no pierde su sabor cuando pasa de la historia con mayúsculas a la historia con minúsculas. Un retrato ácido de una España negra, de su capital y, si se me apura, de un régimen con cuyo oscuro pasado una parte de la sociedad española sigue sin reconciliarse.

ÁNGEL VIÑAS