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Nuevas tecnologías para un desarrollo sostenible

Prólogo de Federico Mayor Zaragoza


A todos los hombres y mujeres/
que no se resignan,/
que miran el mundo con lucidez/
dejando que el dolor y la pobreza les hagan preguntas
María Novo en «El Desarrollo Sostenible», 2006


¿En quienes pensaron el Presidente Roosevelt y los autores de la Carta de la Naciones Unidas como protagonistas del cambio que en 1945, después de una guerra mortífera y terrible, aparecía como absolutamente inaplazable? Pensaron en la gente, en los pueblos. Y, así, no iniciaron este luminoso texto hablando de los Estados y de los Gobiernos sino entregando a la humanidad las riendas de su destino: «Nosotros, los pueblos… hemos resuelto evitar a las generaciones futuras el horror de la guerra».

Para cumplir esta misión, debe cambiar el signo de la historia ya que significa transitar desde súbditos a ciudadanos para lo cual, los pueblos deben guiarse por la brújula de los valores universales. Creada la ONU en San Francisco en 1945 y «rodeada» de instituciones especializadas en las principales facetas del bienestar humano (salud, educación ciencia y cultura, trabajo, alimentación, infancia…) era necesario dotar al Sistema en su conjunto de unos puntos de referencia moral aceptados por todos, de tal modo que se fuera consolidando como un gran marco ético-jurídico a escala internacional. En 1948, en el que, como he repetido muchas veces, considero como el momento más relevante del siglo XX, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprueba la Declaración de los Derechos Humanos, para «liberar al mundo del miedo y de la miseria». En su Artículo 1.º, establece de una forma extraordinariamente precisa los pilares sobre los que puede construirse, con un comportamiento cotidiano adecuado, la democracia genuina, la de la igual dignidad, la de la fraternidad, la de la libertad. Bastaría con que se aceptara la inexistencia de preeminencias de género, de raza, de creencias, de ideologías,… para que pudiéramos entrar, habiendo sustituido la fuerza por la palabra, en una era de convivencia armónica en la que los conflictos, que siempre existirán, no se resuelvan violentamente sino hablando, conversando, conciliando posiciones.

Pero para con-vivir, era necesario com-partir, partir con los demás, distribuir equitativamente los bienes materiales e inmateriales. A principio de la década de los 50, se inicia el programa de Naciones Unidas para el desarrollo, con el fin de evitar las asimetrías y disparidades que se oponen a la paz y que constituyen caldos de cultivo en los que fructifican semillas de animadversión, de rencor, de venganza.

El desarrollo tiene que ser en primer lugar integral (es decir no únicamente económico sino político, cultural, administrativo,…); endógeno (que no sólo ayuda sino que capacita); sostenible (que repone buena parte de los recursos que consume y halla alternativas para los no renovables);… y humano! Durante décadas se habían discutido las distintas dimensiones del desarrollo en la Asamblea General de las Naciones Unidas y fue necesario llegar al final de la década de los 80 para que, en el libro «Desarrollo con faz humana», de Richard Jolly, administrador adjunto de UNICEF, se nos recordara que el gran beneficiario y protagonista del desarrollo tiene que ser el ser humano.

Pero seguramente el aspecto más negativo de esta «historia dialéctica» del desarrollo, sea el hecho de la sustitución de las ayudas por los préstamos. En efecto, en el mes de octubre del año 1974, las Naciones Unidas habían establecido que los países más prósperos contribuirían al desarrollo endógeno de los más necesitados con el 0,7% de su Producto Interior Bruto. Era una contribución extraordinariamente razonable, ya que dejaba en el bolsillo de los más acaudalados el 99,3% de su PIB. Con la excepción de los países nórdicos, a los que siempre me gusta expresar el reconocimiento que se merecen, pronto los países más ricos dejaron de prestar las ayudas prometidas y las sustituyeron por créditos concedidos en condiciones realmente draconianas. El «ajuste estructural», de necesario cumplimiento para que el Banco Mundial otorgara los préstamos, implicaba la privatización, la reducción de los efectivos de personal y la realización de grandes infraestructuras por parte de los países prestatarios. Muchos de los países poco podían privatizar porque carecían de los recursos apropiados o porque, poseyéndolos en abundancia, ya eran explotados por grandes compañías multinacionales. En cuanto a la reducción de funcionariado, eran los educadores, maestras y maestros, los que pagaban con frecuencia la factura impropia que exigían los prestamistas a través del Banco Mundial que, por cierto, me gusta recordarlo a menudo, tiene un apellido que se ha omitido progresivamente de forma interesada: «de la Reconstrucción y el Desarrollo». Por último, la realización de infraestructuras era llevada a cabo, puesto que no existían ni los ingenieros ni los equipos apropiados ni las tecnologías necesarias en los países menesterosos, por grandes empresas de los países para los cuales el desarrollo, acompañado de un endeudamiento extraordinario, se había convertido en un excelente negocio.

De este modo, en pocos años, los flujos financieros dejaron de dirigirse del norte hacia el sur y empezaron a dirigirse del sur hacia el norte! Algunos países, de los que Ecuador es un buen ejemplo, tienen que invertir —a costa de desempleo, emigración, menguada escolarización, etc.— hasta el 35% de su presupuesto nacional en el pago de los servicios de la deuda. Junto a esta gran anomalía en el desarrollo social y económico de los países, tiene lugar la progresiva debilitación del Estado-Nación en favor de grandes corporaciones en el amplio espacio supranacional en el que unas Naciones Unidas progresivamente marginadas por los países más poderosos de la Tierra, no pueden actuar con los medios y autoridad que les permitiera hacer frente a transgresiones de gran calado que se oponen a un desarrollo equitativo: tráfico de armas, de drogas, de capitales, de patentes, de personas… y la existencia de paraísos fiscales, que son realmente incompatibles con un crecimiento armónico y global.

No sólo se margina a las Naciones Unidas sino que, lo que es todavía peor, se la sustituye por un grupo de países —G7 primero y G8 después— reconocidos como los más hacendados y poderosos. Por si fuera poco que una plutocracia se hiciera cargo de lo que ha sido, sin duda, el más bello proyecto de democracia mundial, a finales de la década de los 80 tiene lugar una abdicación histórica que afecta a todas las ideologías: bajo la pretenciosa denominación de «globalización» los valores de aceptación universal se sustituyen por los intereses a corto plazo propios del mercado. Son las leyes del mercado y no la justicia, la igualdad y la solidaridad las que a partir de ahora deberán orientar los rumbos de la economía.

Al referir este punto de inflexión tan importante de la historia contemporánea, cito siempre el Cantar de D. Antonio Machado por los Campos de Castilla: «Es de necio confundir valor y precio». Se han confundido los valores con los precios. Han sido necios, y el resultado ha sido el aumento de la pobreza y crecientes asimetrías y desgarros en el tejido social de ámbito planetario, difícilmente reparables.

En este libro, lector, nueve profesores de la Universidad de Alicante estudian las dimensiones científicas y tecnológicas, económicas y sociales que permitan, adoptando las medidas adecuadas en la lucha contra la pobreza, alcanzar el desarrollo sostenible y la calidad de vida que constituyen en realidad el gran compromiso que tenemos todos con las generaciones futuras.

Durante la Asamblea de Naciones Unidas celebrada en septiembre delaño 2000, 189 Jefes de Estado y de Gobierno se comprometieron a poner en práctica la Declaración del Milenio» para mejorar el bienestar económico y social y la sostenibilidad del medio ambiente, mediante la lucha contra el hambre y la pobreza; la generalización de la enseñanza primaria; la igualdad de género; la salud materna e infantil; la contención del avance del SIDA y la adopción de medidas, alguna de ellas urgentes y necesarias para asegurar la calidad del entorno ecológico. Todo ello, antes del año 2015.

El objetivo octavo se refiere a la creación de una asociación global para el desarrollo, a través de la unión de recursos y voluntades entre los distintos países siendo esencial que los países más avanzados pongan en marcha políticas bien definidas para la ayuda oficial al desarrollo, el comercio nternacional
y la deuda externa.

En un mundo que, en los albores de siglo y de milenio, considera prácticamente inexorable que mueran cada día más de 60 mil personas de hambre mientras se invierten en armamento casi 3 mil millones de dólares diarios, no se adoptó resueltamente el compromiso de «los pueblos» a favor de los más necesitados sino el tímido e indecoroso proyecto de reducir a la mitad, entre 1990 y 2015, el porcentaje de personas que padecen hambre. ¡A la mitad! No cabe duda de que la pobreza material de media humanidad se debe a la pobreza espiritual de los dirigentes de los países con mayores recursos de toda índole. El 10% de la población mundial disfruta del 70% de las riquezas del planeta y se calcula que 1.200 personas, una de cada cinco, sobrevive con menos de 1 dólar al día. En la Declaración de la Cumbre del mes de septiembre del año 2005 sobre los Objetivos del Milenio +5, se han adoptado medidas que, si se ponen en práctica, podrían cambiar en unos años el actual panorama, tan sombrío, favoreciendo la justicia y la igualdad. Y la paz, porque en los años 60 se llegó a decir que «el nuevo nombre de la paz es el desarrollo», por el Papa Pablo VI. Porque representa generosidad, desprendimiento, solidaridad «intelectual y moral», como se dice en la Constitución de la UNESCO.

También en la Declaración y Plan de Acción para una Cultura de Paz, que fue aprobada por la Asamblea General de 1999, se detallan las medidas para « promover el desarrollo económico y social sostenible»: erradicar la pobreza mediante actividades nacionales e internacionales; reforzar la capacidad nacional para aplicar políticas y programas destinados a reducir las desigualdades económicas y sociales; promover comisiones efectivas, equitativas
y duraderas orientadas al desarrollo para los problemas de la deuda externa; aplicar estrategias nacionales en pro de la seguridad alimentaria sostenible; adoptar medidas para velar por que el proceso de desarrollo cuente con la plena participación de todos; incluir una perspectiva de género y el fomento de la autonomía de mujeres y niños como parte integrante del proceso de desarrollo; incluir en las estrategias de desarrollo medidas especiales en que se atiendan las necesidades de mujeres y niños, así como de grupos con necesidades especiales…

Junto a las medidas educativas, las que garanticen la igualad entre mujeres y hombres, la promoción de la participación democrática, la comprensión, la tolerancia y la solidaridad; apoyar la comunicación y la libre circulación de información y conocimiento… Es con la implicación de todos, con nuestras voces y con nuestras manos, con nuestro tiempo, como se podrá favorecer un desarrollo sostenible que haga posible en un próximo futuro la transición desde una cultura de imposición y violencia a una cultura de conocimiento recíproco, serenidad y paz.

La Carta de la Tierra, presentada también en el año 2000, constituye uno de los documentos más importantes para inspirar acciones concretas en favor del desarrollo sostenible. «La capacidad de recuperación de la comunidad de vida y el bienestar de la humanidad dependen de la preservación de una biosfera saludable, con todo sus sistemas ecológicos, una rica variedad de plantas y animales, tierras fértiles, aguas puras y aire limpio. El medio ambiente global, con sus recursos finitos, es una preocupación común para todos los pueblos. La protección de la vitalidad, la diversidad y la belleza de la Tierra es un deber sagrado». Y al referirse a la situación global, añade en su preámbulo: «Los beneficios del desarrollo no se comparten equitativamente y la brecha entre ricos y pobres se está ensanchando… Estas tendencias son peligrosas pero no inevitables». La disminución de los índices de crecimiento demográfico debida en buena medida a la educación —aunque hay que reconocer que también se han adoptado en algunos países métodos coercitivos que son humanamente inaceptables— ha sido compensada con una mayor longevidad. Son dos buenas noticias, pero es cierto que la población de la Tierra sigue incrementándose diariamente, a pesar de todo, en más de 150 mil habitantes. Estos son los grandes problemas a los que tenemos que hacer frente. Para ello, la Carta de la Tierra proclama que «se necesitan cambios fundamentales en nuestros valores, instituciones y forma de vida. Debemos darnos cuenta de que, una vez satisfechas las necesidades básicas, el desarrollo humano se refiere primordialmente a ser más, no ha tener más. Poseemos el conocimiento y la tecnología necesarias para proveer a todos y para reducir nuestro impacto sobre el medio ambiente. El surgimiento de una sociedad civil global, está creando nuevas oportunidades para construir un mundo democrático y humanitario. Nuestros retos ambientales, económicos, políticos, sociales y espirituales, están interrelacionados y juntos podemos proponer y concreta soluciones comprensivas».

Es tiempo de acción. Así lo reiteramos en un Manifiesto a favor de la vida, de la paz y la igualdad: cada día mueren 35 mil niños de hambre según la FAO. Es un genocidio de proporciones impresionantes al que asistimos impasibles. ¡No a la pobreza! Hay que exigir a los gobernantes, a través de un auténtico clamor a escala mundial, que den prioridad al cumplimiento de los Objetivos del Milenio. Ha llegado el momento de la no resignación, de la implicación personal. Debemos sumar con apremio voces de todos los pueblos del mundo para decir: ¡No a la guerra y a la violencia! Hemos callado en exceso. Ahora se acabó el silencio. Lo pueblos elevarán su voz. La guerra es una tragedia para todos. Es urgente desarmar la razón armada. Es urgente el diálogo. Ha llegado el momento de la gente. Y, sobre todo, de los jóvenes, de los hombres y mujeres que reclaman otro mundo posible. ¡Sí a la paz y a la justicia! Si logramos avances progresivos, pronto podrá alcanzarse la «mundialización de la conciencia, la independencia real de los pueblos ». Es en éstos términos que la Fundación Cultura de Paz y la Fundación Valores hacen un llamamiento a los ciudadanos para que se involucren, participen. Y no lo hagan tan sólo de manera reactiva, frente a catástrofes o tragedias, sino de manera proactiva, formando parte de su conducta cotidiana.

El propio editor de este libro, el Prof. Javier García Martínez, aborda el estudio del desarrollo sostenible desde las nuevas tecnologías, ahondando en el propio concepto y advirtiendo, sabiamente, que «invertir ahora es preciso para ahorrar en el futuro». El dilema crecimiento/sostenibilidad a escala global, alrededor del cual gira buena parte de la problemática del desarrollo sostenible, es abordado por el Prof. Moisés Hidalgo. A este respecto, la cuestión central del agua, el recurso vital progresivamente más escaso y que requiere mayor atención, se considera en profundidad por el Prof. Víctor Manuel León. Otro núcleo central del libro lo constituyen las aportaciones sobre la energía —tecnologías para el siglo XXI y células de combustible, temas tratados respectivamente por los profesores Antonio Sepúlveda y Víctor Climent— que ocupan junto al agua un papel central en todos los enfoques del desarrollo sostenible. El hidrógeno se vislumbra como una de las fuentes más adecuadas y «limpias».

Otros aspectos de gran interés para el desarrollo sostenible —procesos electroquímicos y procesos productivos de bajo impacto medioambiental— son revisados acertadamente por los profesores Enrique Herrero y Ángela Nuria García Cortés. El Profesor Ignacio Luque expone uno de los temas apasionantes cara al futuro: la biotecnología, de inmensas posibilidades para facilitar el desarrollo, con especial referencia a los organismos genéticamente modificados. El último capítulo se refiere a lo más importante, sin duda: a la salud, a la vida. La profesora Elena Soria trata con amplitud los nuevos avances en la lucha contra las enfermedades pandémicas y emergentes. La nutrición es «tratamiento esencial» para procurar a todos los seres humanos, iguales en dignidad, unas condiciones mínimas y no reducibles de calidad de vida, como Federico García Lorca ponía de manifiesto en unas declaraciones publicadas en La Voz el 7 de abril de 1936: «…el mundo está detenido ante el hambre que asuela a los pueblos. Mientras haya desequilibrio económico, el mundo no piensa… El día en que el hambre desaparezca, va a producirse en el mundo la explosión espiritual más grande que jamás conoció la humanidad. Nunca jamás se podrán figurar los hombres la alegría que estallará el día de la Gran Revolución».

En un auténtico trabajo pluridisciplinar, este libro constituye una excelente contribución para hacer del desarrollo sostenible causa común, como corresponde al destino común de la humanidad. Enhorabuena al profesorado de la Universidad de Alicante que ha unido sus conocimientos para un compendio tan bien articulado y dotado de referencias bibliográficas bien elegidas, incluyendo los portales informáticos que permiten ampliar conocimientos en aquellas cuestiones que el lector desee mayor información.

Lo más importante de esta publicación es que, junto a los problemas se vislumbran las soluciones. Soluciones que van unidas de forma indisoluble a la gente y a la influencia que progresivamente ejercerá, en estos albores de siglo y de milenio tan sombríos, sobre los gobernantes que deberán, como corresponde a una democracia genuina, actuar realmente en nombre de los ciudadanos. Ciudadanos educados para ejercer «la soberanía personal» responsablemente, aportando cada uno su grano de arena para la construcción del otro mundo posible que anhelamos. Cada uno en la medida de sus posibilidades, conscientes de que por pensar que podemos hacer poco corremos el riesgo de no hacer nada. Y conscientes también de que, por su fuerza creadora, si actuamos juntos, la condición humana ganará la partida al fin y al cabo. Como el Presidente Kennedy dijo en su inolvidable discurso en la Universidad Americana de Washington el 10 de junio de 1963: «Nuestro problemas se derivan de la acción humana. En consecuencia, pueden ser solucionadas por ella. Ningún problema del destino humano se halla más allá de la capacidad de los seres humanos. La humanidad ha resuelto con frecuencia lo que parecía insoluble. Y creemos que así sucederá de nuevo».


Federico Mayor Zaragoza
Junio de 2007