Catálogo

Biblioteca digital

Sala de Prensa

Cómo Publicar

Boletín de novedades

Comprar



Ante Baroja

Azorin. A+B=C (Diario ABC. Comunidad Valenciana, 23-3-2013)

Juan Marqués

Hace unas semanas, tres días después de que mi hijo cumpliera un año, lo llevé a darle su primer paseo por el Museo del Prado, y puedo garantizar, para quien quiera creerme, que durante un buen rato lo más sublime que hubo en aquel extraordinario lugar fue la manera -entregada, circular, metódica- con que fue mordisqueando su galleta. No debí ser el único en advertirlo porque no fueron pocos quienes apartaron sus miradas de los cuadros para quedarse contemplando sonrientes el carrito donde Bruno se relamía, transitando sin poder evitarlo desde el interés activo por el arte hasta la ternura instintiva ante la vida. Y no es tanto que mi hijo devorando su merienda tenga más valor o más significados que "Saturno devorando a su hijo" como la obviedad de que lo vivo es imbatible, de que todo lo creado, por maravilloso que pueda ser, ha de retirarse ante lo nacido. Las responsables de un importantísimo libro de Juan Ramón Jiménez que la editorial valenciana PreTextos publicará en abril (titulado, precisamente, Vida), recuerdan que en su poema "Tiempo", el de Moguer afirmó por su parte que "Qué gozo salir de un museo a la calle, a la plaza, al jardín, cómo se respira el aire libre y qué cuadro el de la naturaleza y la vida. Algo de la vida hay en los museos, pero en la calle está toda y, además, todo lo de los museos". Así es, y sin embargo...

Sin embargo, al presentar al niño ante el enigmático "Perro semihundido" de mi paisano Goya, no pude dejar de confirmar que sólo el mejor arte, en cuadros como ése, puede atrapar y preservar la vida. El arte está por debajo de ella, pero sí está de verdad a su servicio y contiene el suficiente talento, no hay modo más poderoso de celebrarla y, a su modo, de retenerla. Es vida lo que hay que inyectar al arte para que éste pueda permanecer vivo, para que siempre tenga algo que decir. Si la biología nos enseña que todo lo que vive ha de morir, la historia de la creación muestra que sólo lo que contenga algo de vida seguirá vivo para siempre. Azorín viene a decir lo mismo en el libro que llevaba esa tarde en el bolsillo del abrigo, una nueva edición alginetense de Francisco Fuster García de la recopilación de textos azorinianos sobre Pio Baroja que el también zaragozano José García Mercadal reunió y publicó en 1946, el mismo año en que Biblioteca Nueva comenzó la edición de las Obras Completas del donostiarra, en cuyo prólogo (primer texto recogido en este Ante Baroja) Azorín sentenciaba que "no hay arte sin vida" (p. 66).

Aparte de corregir y contextualizar mejor los cuarenta y seis textos de aquel volumen. Fuster ha encontrado y añadido otras trece piezas, completando así el corpus de artículos del de Monovar sobre su tan admirado amigo. La mayoría son reseñas de los libros que Baroja iba publicando cada pocos meses, pero también está ese prólogo y alguno más, dos capítulos de La voluntad y otros de Madrid y París, crónicas de paseos o, tal vez como principal aportación, una nota necrológica que Fuster ha exhumado de ABC, diario en el que se publicó originalmente la mayoría de estos textos. Una amistad tan larga (tan temprano como en 1903 el ya aludido Juan Ramón Jiménez enviaba cartas a Azorín... a casa de Baroja) y una producción tan fecunda por parte de ambos dio lugar a mucha literatura secundaria, auque improbable libro parejo Ante Azorín que se podría extraer de la obra de Baroja sería más tacaño en páginas y halagos.

Azorín, en cambio, se refiere a Baroja como "el [novelista] más fuerte y original de todos los que actualmente escriben en lengua castellana" (en 1909: p. 97), "el escritor, hoy, en España, más original y más independiente" y el "más personal y rebelde" (en 1918: pp. 145 y 148) o "el único español, entre los que escriben, que está, como decía Nietzsche, por encima del bien y del mal" (en 1931: p.199) e incluso se permite alguna hipérbole como "que nuestro Baroja escribe mejor que Stendhal y que existen fragmentos suyos (v. gr. descripciones de paisajes y marinas) que llegan a lo más alto y lírico a que puede llegar la poesía castellana" (p. 142). Todo ello, según Fuster, hace que "de los críticos [...] que tuvo la literatura del novelista de San Sebastián, Azorín fue el más constante, el más generoso y el que más y mejor supo ver en ella" (pp. 42-43). Más leal que penetrante, es más cierto "que es en los libros que reúnen lo mejor de su labor como crítico donde más y mejor se nos revela el genio azoriniano" (p.33). He aquí un buen ejemplo.

 

Muestra esta página en tu red socialMuestra esta página en tu red social

Ir al libro

Inicio

Información legal - copyright© 2010 Todos los derechos reservados sobre las publicaciones.
publicaciones.web@ua.es