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La "verdadera" visión de los vencidos. La conquista de México en las fuentes aztecas

Introducción

Todo americanista sabe perfectamente que introducir en un título que habla de la conquista de México el adjetivo «verdadero/a» es extremadamente peligroso, no sólo porque revela una gran dosis de presunción, sino también porque expone inmediatamente al autor a una comparación desigual con una de las fuentes etnohistóricas más bellas y famosas: la Historia verdadera de la conquista de Nueva España, del conquistador Bernal Díaz del Castillo. De hecho, echando una ojeada rápida a los repertorios existentes, nadie ha osado recientemente dar un título que evocase, ni siquiera vagamente, la obra del compañero de armas de Cortés. Sería demasiado devastadora la comparación entre la fascinación del testigo ocular y la inevitable pedantería libresca de quien escribe con cinco siglos de distancia, entre la frescura de los recuerdos autobiográficos de Díaz y la seriedad de un texto que, más o menos, debe respetar las convenciones de la literatura etnohistórica. Si a esto se añade que, recientemente, Graulich (1996) ha demostrado que a menudo el autor de la Historia verdadera se guiaba más por su fantasía y la Hispania Victrix de López de Gómara que por sus recuerdos, parece evidente que el título de este libro puede presentar un verdadero autogol. Mejor dicho, un doble autogol, dado que el título implica otra difícil comparación con la celebérrima Visión de los Vencidos, de Miguel León-Portilla (1976), la cual, a finales de los años cincuenta, recogió en un libro con mucho éxito una antología de las relaciones indígenas de la conquista de México. Sin embargo, a pesar del poder disuasivo de estas observaciones, he decidido dejar un título tan arriesgado porque no he encontrado otro capaz de expresar con toda humildad, pero sin tapujos, la convicción de que la percepción de la historia azteca que prevalece en casi toda la historiografía existente está equivocada porque toma al pie de la letra textos que recuerdan más a la Biblia o la Eneida que a la Guerra del Peloponeso.

En cambio, el artículo determinado merece mayor cautela. En este caso no me cuesta admitir que habría sido más prudente titularlo «Una verdadera visión de los vencidos». De hecho, es muy importante precisar que en este libro no han sido analizadas todas las fuentes indígenas, sino solamente un número limitado de obras: la Historia General de las Cosas de Nueva España de Bernardino de Sahagún, la llamada Crónica X, a través de las obras de Diego Durán y Hernando Alvarado Tezozómoc, los Anales de Cuauhtitlan, el Codex telleriamus-remensis y la Historia de los Mexicanos por sus Pinturas. No he analizado en estas fuentes los presuntos «hechos» de la historia de los acontecimientos desde la llegada de Cortés hasta la caída de Tenochtitlan, los cuales conocemos ya todos, sino que me he detenido en las partes menos claras y de incierta interpretación, sobre todo en los presagios de la Conquista, los cuales, por su carácter intrínseco (redundancia de símbolos prehispánicos nunca individualizados, elementos claramente legendarios, etc.), podían escapar a las censuras de la historia oficial e incluso a las mismas autocensuras de los vencidos. Desde nuestro punto de vista, son partes marginales y poco influyentes, pero centrales y fundamentales para aquellos autores indígenas desconocidos a los que se debe la versión azteca de la Conquista, recogida posteriormente por los cronistas. Después, he intentado interpretar estos pasajes sólo y exclusivamente a partir de la clave de lectura que suministran dichas fuentes. Para finalizar, los datos surgidos de esta investigación han sido leídos según la literatura etnohistórica, la arqueología y los autores modernos. Sé bien que la elección de estudiar sólo algunas fuentes y buscar en su interior los datos para interpretarlas se puede prestar a numerosas críticas. Sin embargo, lo he hecho convencido de que ha llegado el momento de privilegiar la coherencia interna de una fuente o de un grupo de fuentes, porque la literatura de la Conquista demuestra claramente que ampliar el análisis a todos los documentos y crónicas existentes inevitablemente nos lleva a crear prejuicios en la comprensión y no consiente, principalmente por cuestiones de tiempo y espacio, la «traducción» de sus símbolos y estructuras narrativas. Por tanto, es oportuno precisar que aquí se presenta una lectura de la Conquista basada solamente en el análisis de algunas fuentes y que no se excluye que puedan surgir otras interpretaciones indígenas del final del México prehispánico en posteriores investigaciones. En mi defensa, puedo solamente decir que las obras utilizadas en este libro son, sin duda, las fuentes más importantes sobre el mundo azteca y la visión azteca de la Conquista. En cualquier caso, el lector debe considerar la presencia del artículo determinado como un homenaje apasionado a los autores que en el México del siglo xvi consiguieron escuchar, aunque de manera contradictoria y a menudo integrista, la versión del «otro».

Se puede observar también que, en una época donde algunos historiadores admiten no solamente la arbitrariedad de sus modelos interpretativos, sino también el carácter principalmente «narrativo» de los libros de historia, el intento de reconstruir la «verdadera» visión de los vencidos está destinado a parecer tanto presuntuoso como naïf. Frente a una objeción de este tipo, cabe aclarar inmediatamente que es evidente que nadie podrá nunca conocer cómo los aztecas, o mejor dicho las élites de Tenochtitlan y otras ciudades del Valle de México, percibieron la llegada de los españoles a las costas del Golfo y los acontecimientos que ocurrieron posteriormente. Bastantes años después, sin embargo, fragmentos de dicha percepción, claramente parciales y deformados por la autocensura y la aculturación, fueron recogidos, a menudo con la ayuda de códices hoy perdidos, por algunos misioneros y exponentes de las viejas clases dominantes que en la nueva sociedad mestiza tenían una posición incierta, sin una precisa identidad cultural. Mi intento de reconstruir la visión azteca de la Conquista parte y se limita a estos pocos documentos y es, por tanto, un trabajo de interpretación de textos. Pero de textos que probablemente recogieron en parte el punto de vista de los «vencidos». De textos que he «traducido» e interpretado a partir del repertorio simbólico de la cultura azteca, intentando no alejarme nunca del sentido común.

Antoliva, en el día 3 Xócol Huetzi del año 2 Casa, el día 1 Muerte de la trecena 1 Muerte del tonalpohualli (= 29. 4. 2001).

Agradecimientos

En los países donde la Americanística tiene una cierta relevancia, quien quiere estudiar el México prehispánico puede ir a la biblioteca de cualquier universidad importante y encontrar todo lo que necesita. En Italia, en cambio, quien quiere hacerlo encuentra casi un desierto. Por esta razón, no es un acto formal agradecer a todos los que en este vacío me han proporcionado las bases de la investigación, bien indicándome una nueva edición de un códice, bien trayéndome un libro de México, bien consiguiéndome las fotocopias de una publicación especializada. Entre estos, en concreto, deseo dar las gracias a Giuliana y Máximo Betti, Michela Craveri, Maria Camilla De Palma, Anna Detheridge, Leandra Gatto, Anamaría González. Además, mi agradecimiento está dirigido al personal de las bibliotecas del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM y de los Institutos de Iberística de la Universidad de Milán y Bolonia.

Por otra parte, cabe recordar que debo a Paolo Cesaretti, Giacomo Merlo y Romolo Gobbi útiles sugerencias en las difíciles fases donde el trabajo ha sido llevado a cabo; a Jaime Martínez el control de los fragmentos más controvertidos de los autores citados; a Emilia Perassi las indicaciones sobre la ficcionalización de la Conquista; a Raphael Tunesi reveladoras informaciones sobre el mundo maya; a Adriano Gaspani unos cálculos de arqueoastronomía; a Eduardo Matos Motecuhzoma, Linda Manzanilla y Carlos Lazcano Arce sus importantes datos sobre Teotihuacan y las erupciones del Popocatépetl; a Alexis Wimmer y Giovanni Marchetti preciosas aclaraciones sobre el náhuatl y sobre el texto náhuatl de Sahagún; a Irina Bajini, que me proporcionó una valiosa ayuda lingüística. Sin embargo, el libro nunca se hubiera publicado sin el generoso apoyo de unos extraordinarios estudiosos que en sus trabajos han puesto un enfoque especial en los elementos de las culturas precolombinas presentes en la literatura hispanoamericana: Giuseppe Bellini, que auspició la edición italiana, José Carlos Rovira, que auspició la edición española, Emilia Perassi, que abrió el camino para que también en la Universidad de Milán se desarrollaran estudios sobre estos temas.

Para terminar, un afectuoso recuerdo para el fallecido Aldo Albonico, que fue siempre generoso en sus ayudas concretas y fraternos consejos y tuvo un papel importante en la génesis de esta investigación. De hecho, fue él quien revisó y publicó en la revista del Istituto di Lingue e Letterature Iberiche e Iberoamericane de la Universidad de Milán el artículo sobre los presagios de la Conquista (Aimi, 1996), del que nació este libro.

 

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