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América en el imaginario europeo. Estudios sobre la idea de América a lo largo de cinco siglos

Introducción

Afirmaba hace algunos años el escritor argentino Abel Posse que, en la vida de América, «de alguna manera, Colón y la reina Isabel siguen presentes»[1]; la conmemoración del V Centenario del Descubrimiento fue sin duda una oportunidad excepcional para demostrar lo acertado de esta idea, no tanto por la costosa «celebración» del evento (a través de congresos, conferencias, festivales de teatro o premios de narrativa...) como por la reflexión cultural e ideológica previa y paralela al mismo. En los foros de debate a los que éste dio lugar, había una sensación generalizada de que, a pesar de ese conciliador término propuesto por Miguel León-Portilla como representante de la delegación mexicana, el de «encuentro de culturas», el mundo latinoamericano no andaba, en líneas generales, muy alejado en este punto de los planteamientos de la independencia. Aún en 1992 se continuaba interpretando el descubrimiento como el origen de un genocidio y, con él, de una etapa de sometimiento injusto de la población americana al imperio español, a la cultura y al poder europeo, a pesar de las voces más abiertas o conciliadoras de destacados intelectuales como el mexicano Carlos Fuentes o el venezolano Arturo Uslar Pietri, quien hacia 1991 (ante la inminente fecha del centenario) escribía en un artículo titulado «La América Latina en el umbral del siglo XXI»:

Mientras no tomemos la decisión de reconciliarnos con nuestro pasado, del que somos la consecuencia directa en nuestras fallas y en nuestras ventajas, no podremos ni defi nirnos, ni menos resolver el viejo confl icto de identidad que nos ha atormentado y paralizado por siglos, ni mucho menos reconocernos en nuestro verdadero ser para enfrentar el futuro tan exigente que está ante nosotros[2].

Con la perspectiva que nos permite más de una década de distancia, podemos afirmar ahora que, más allá del debate ideológico que reavivó (un debate de dos siglos que refleja, en definitiva —como destaca Uslar Pietri—, el conflicto de identidad de América Latina), el V Centenario sirvió para llamar la atención una vez más sobre un hecho fundador, el de la hazaña colombina, y su valor esencial como origen del más importante «encuentro» de la historia de la humanidad. Y es en este sentido en el que 1492 debe vincularse además a otras fechas algo más olvidadas.

En el 2006 se cumplieron cinco siglos de la muerte de Cristóbal Colón. La fecha sirvió a las editoriales para recordar viejos títulos y para publicar algunos nuevos y a los investigadores para convocar congresos y simposios con la figura de Colón como protagonista o telón de fondo. El Almirante fue (y continúa siendo) objeto incluso de la ciencia: aplicando los últimos avances en genética forense a las tumbas del descubridor, de su hijo Hernando y de su hermano Diego, un grupo de investigadores de la Universidad de Granada que lleva varios años intentando dar nueva luz tanto sobre la ascendencia de Colón como sobre la autenticidad de sus restos confirmó que los conservados en Sevilla (eso sí, una escasa décima parte del cadáver completo) eran verdaderos, resolviendo al menos en parte un enigma que, como afirmaba uno de los personajes de El arpa y la sombra de Alejo Carpentier, es «un lío de nunca acabar, pues nunca hubo huesos más trajinados, trasegados, revueltos, controvertidos, viajados, discutidos, que ésos»[3].

Desafortunadamente para Colón, la parcial resolución ha llegado con un siglo de retraso, porque el curioso problema de los huesos fue uno de los motivos (aunque no el único) por el que su proceso de beatifi cación fue denegado en tiempos de León XIII, y no parece que su «curriculum» de santidad le vaya a permitir ahora la apertura de un nuevo proceso. Pero además, tampoco favorecerá excesivamente a la memoria del Almirante una cuestión mucho más signifi cativa desde nuestro punto de vista (aunque casi olvidada, por redundante, en las refl exiones sobre el autor): la contradicción que supone el hecho de que el descubridor muriera sin saber lo que realmente había descubierto.

Es por ello que, en relación con este último hecho, debemos citar aún otro «V Centenario» que creemos primordial para el tema que nos ocupa, porque cartógrafos y geógrafos acaban de conmemorar que, en 1507, la Academia de Saint-Dié publicó un folleto titulado Cosmographiae Introductio en el que se reconocía la existencia de una cuarta parte del mundo. Dicho folleto incluía la Lettera de Américo Vespucio sobre sus cuatro viajes a ese nuevo continente (datada en Lisboa en 1504) y un mapamundi hoy famoso, el de Waldseemüller, en el que ese nuevo continente aparecía nombrado por primera vez con el término que se le daría hasta hoy: América. Las nuevas tierras tomaban defi nitivamente el nombre no de quien llegó primero a ellas sino de quien afi rmó que eran un «mundo nuevo».

El presente libro, fruto de un encuentro que tuvo lugar en la Universidad de Alicante en verano del 2005, tiene su génesis en la refl exión sobre esta serie de «centenarios» y los hechos que evocan: ese período entre 1492 y 1507 en el que asistimos a todo un proceso que va desde el llamado «descubrimiento» hasta el nombre mismo de América con el que Waldseemüller bautizó a ese continente que ya se estaba convirtiendo por entonces en el espacio donde volcar los sueños europeos. Se intenta asimismo abarcar momentos clave de la creación de ese imaginario hasta el reconocimiento, ya en pleno siglo XX, de la capacidad de esa misma América para crear una imagen propia capaz de infl uir incluso en una España que parece luchar todavía por mantener su determinación en el continente que durante siglos estuvo bajo su dominio. Lo cierto es que a partir del descubrimiento, desde Europa se creó una imagen, en no pocas ocasiones idílica y desmesurada, de aquel continente, y no fueron pocos los viajeros europeos que se acercaron hasta esas «inhóspitas» tierras para relatarnos sus propias conclusiones.

Con el objetivo de analizar desde múltiples perspectivas de qué manera el imaginario europeo ha ido confi gurando su idea sobre América, así como las relaciones intensas y fructíferas, pero no siempre fáciles, entre los dos continentes, estas páginas se abren con un estudio de Beatriz Aracil, «Sobre el proceso de creación de un imaginario múltiple: América durante el periodo colonial», en el que se plantean las distintas líneas de construcción de la imagen de América forjada por Europa (mítica, geográfi ca, antropográfi ca, literaria…), aportación que se complementa respecto a la problemática jurídica en «El imaginario jurídico de América en el siglo XVI europeo» a cargo del profesor Agustín Bermúdez. El imaginario europeo sobre América sin duda se nutrió de los constantes viajes que desde Europa se realizaron a aquellas tierras, y sus aportaciones han prevalecido a lo largo del tiempo. Sobre este asunto versan los trabajos de Pedro Mendiola, «Exploradores, naturalistas y piratas: América en el imaginario de la Edad Moderna europea», y de Teodosio Fernández, «Visiones europeas de la Patagonia en el siglo XIX». Siguiendo con la estela del siglo XIX, Eva Valero, en «América en la mirada española del 98: Rafael Altamira, entre hispanismo y americanismo», trata de desentrañar cómo la fecha del 98 fue sustancial para los intelectuales españoles y los latinoamericanos, y de qué manera uno de los más renombrados pensadores españoles, Rafael Altamira, intentó establecer un puente de unión entre ambos mundos. Por su parte, Daniel Meyran, en «La representación del otro y la fi gura del dictador hispanoamericano en la literatura hispánica: el caso de Valle-Inclán», mostrará la peculiar visión que el inventor del esperpento tuvo sobre América a raíz de su viaje a México. Se cierra este libro con «América en el imaginario español y, por ende, europeo (siglo XX)» donde Carmen Alemany Bay se centra en las relaciones literarias entre los principales escritores latinoamericanos y europeos de esa centuria.

Sirvan pues estas páginas para aportarnos nuevas conclusiones sobre aquello que se gestó hace más de quinientos años y que dio como fruto no sólo el descubrimiento de un Nuevo Mundo sino una nueva forma de mirarnos y de comprendernos.

 

Carmen Alemany Bay y Beatriz Aracil Varón

 


[1] Abel Posse en La Semana de autor sobre Abel Posse, ed. de Luis Sáinz de Medrano, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1997, p. 65.

[2] Arturo Uslar Pietri, La creación del Nuevo Mundo, Madrid, MAPFRE, 1991, p. 226.

[3] Alejo Carpentier, El arpa y la sombra, Madrid, Alianza, 1998, p. 157.

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