El texto se articula en una estructura que comprende una introducción
y cinco capítulos, más los correspondientes apartados dedicados
a la bibliografía y anexos. Tras un primer capítulo, prolijo,
acerca de conceptos teóricos básicos, los capítulos II
y III se centran en el eufemismo y en el disfemismo, respectivamente, mientras
que el capítulo IV trata de los cuasieufemismos y cuasidisfemismos. En
el capítulo V se presentan las conclusiones, diferenciadas según
si se derivan de la teoría lingüística o de cuestiones relativas
al lenguaje literario.
En la introducción el autor establece las bases de su estudio partiendo
de importantes trabajos previos, como son los de Casas Gómez (1986),
Montero Cartelle (1981) o Allan & Burridge (1991). Señala que existen
algunas posturas muy generalizadas en las que se considera la interdicción
igual al eufemismo y en las que la presencia del tabú tiende a limitarse
al nivel léxico, por lo que critica la falta de enfoques que denomina
discursivos, así como el hecho de que no haya sido estudiada en
profundidad la manifestación literaria del fenómeno, o bien que
haya sido ignorado su carácter social.
El capítulo I trata en su primer apartado de las repercusiones
lingüísticas del tabú y la interdicción. Entre las
causas más habituales del tabú, el autor cita, como síntesis
de numerosos trabajos previos, lo mágico-religioso, lo sexual y las funciones
corporales, a las que hay que añadir otras de índole social, como
la enfermedad, la conducta social, lo afectivo, etc. Opina que no se debe igualar
causas y tipos del tabú, esto es, categorías, porque las categorías
son el resultado del tabú. Tras revisar diferentes clasificaciones (Ullmann
1962; Montero Cartelle 1979; Rodríguez González 1996) propone
la suya propia, que coincide parcialmente con otras en las que se diferencia
el tabú de origen interno o psicológico (el miedo) y el
de origen externo o social (el pudor y el respeto). Concluye que
sobre una realidad puede haber tabú en más de una categoría,
lo que implica un mayor grado del mismo tabú, y afirma que el tabú
lingüístico es, ciertamente, un tipo de interdicción, pero
no limitado sólo y exclusivamente al ámbito de lo mágico
y lo religioso. Desde el punto de vista diacrónico (cap. I, § 2),
el tabú se presenta como un fenómeno intemporal y universal, de
modo que actualmente ha aumentado en los ámbitos interdictivos de lo
político y de las relaciones sociales (concretamente, lo racial), mientras
que ha disminuido notablemente en el ámbito sexual. Ahora bien, sigue
diciendo el autor, lo que realmente cambia es el sustituto eufemístico
o disfemístico adoptado en cada momento, que es fundamentalmente inestable.
Comienza el siguiente apartado, donde se discuten generalidades y características
de los procesos eufemístico, disfemístico y mixto, con la exposición
de una paradoja relativa al tabú lingüístico formulada por
Benveniste (1974): "el concepto debe evitarse [...], pero la palabra y
sus sinónimos deben existir" (p. 43). Crespo Fernández sostiene
que el hombre se aproxima al tabú desde un punto de vista eufemístico
o disfemístico según cuál sea su propósito comunicativo
(p. 44). Así, el eufemismo presenta una vertiente social (relacionado
con la cortesía y con el doble lenguaje de los políticos, cuestiones
desarrolladas en Cap. I, § 8), mientras que el disfemismo es una opción
de estilo, no necesariamente asociado a hablantes vulgares o con poca formación.
Convendría notar aquí la conexión con el concepto de
prestigio encubierto que se maneja habitualmente en sociolingüística,
como lo formula, por ejemplo, Moreno Fernández (1998:43-44), y que Crespo
Fernández apunta en relación con el cuasieufemismo (p. 224), pero
no en su análisis de las variables socioculturales del disfemismo, especialmente
el sexo. Por ser fenómenos contextúales, no pueden considerarse
el eufemismo y el disfemismo como sustitutos per se (p. 47), sino como
procesos que resultan en sustitutos eufemísticos y disfemísticos.
En nuestra opinión, más bien dan idea del fenómeno de coherencia
textual conocido como sustitución léxica sinonímica,
como lo define, por ejemplo, Bernárdez (1982:103-105), o incluso del
denominado colocación, de acuerdo con la teoría de Halliday
& Hasan (1976:284). Es más, una unidad léxica puede aparecer
eufemística desde el punto de vista locutivo, pero disfemística
desde el punto de vista ilocutivo, por lo que cabe hablar de eufemismos disfemísticos
y de disfemismos eufemísticos, es decir, cuasieufemismos y cuasidisfemismos,
procesos mixtos que son objeto de atención especial en el capítulo
IV. A continuación, el autor relaciona estos fenómenos con los
conceptos de denotación y connotación (cap. I, §
4) y con la variación lingüística (cap. I, § 5). El
eufemismo y el disfemismo son casos de variación lingüística
gradual presente en todos los niveles: fonológico, léxico, sintáctico
y discursivo (p. 52).
Los tres últimos apartados de este capítulo constituyen
una breve exposición de las relaciones entre estos fenómenos y
las distintas disciplinas lingüísticas, de las que el autor destaca
la pragmática y la retórica. Así, trata la semántica
sobre la base de la distinción entre significado y sentido
y la semiología y la semiótica, que concibe como disciplinas diferentes,
aduciendo que la primera tiene en cuenta las intenciones comunicativas, por
lo que es la más favorable al análisis de estos fenómenos
de manipulación del referente. Trata asimismo sus relaciones con la psicología
y la psicolingüística, y con la estilística, donde da cuenta
de las variaciones diatópica, diastrática y diafásica.
Los estilos se definen desde la teoría de Halliday (1978), por lo que
el eufemismo y el disfemismo son rasgos de estilo que se enrienden en el marco
de un registro. Finalmente, aborda el análisis del discurso, la pragmática
(que desarrolla en Cap. I, § 7), y la dimensión social-cultural-antropológica
del lenguaje, que integra la sociología y la sociolingüística,
la etnolingüística, la etnografía de la comunicación,
la etnometodología y la antropología lingüística.
Todas ellas, creemos, en mayor o menor grado y desde metodologías distintas,
dan cuenta de la variación lingüística o de las normas de
interacción, de acuerdo con un concepto ampliado de la competencia lingüística.
Por esta razón, notamos la falta de una mención explícita
a la corriente del análisis de la conversación y, sobre todo,
a la teoría de Hymes (1971), además de que algunas de las cuestiones
señaladas, como la cortesía, son teorías pragmáticas,
que es el punto de vista que adopta el autor en páginas sucesivas. Partiendo
de la noción de sentido, más allá del significado y la
designación (véase Casas Gómez (2002), acerca de los niveles
del significar), Crespo Fernández entiende pragmáticamente
los sustitutos eufemísticos y disfemísticos como usos eufemísticos
y disfemísticos, por tanto, como actos de habla, que habría que
estudiar dentro de una novedosa corriente, la pragmática léxica.
Para su argumentación Crespo Fernández establece diez principios
que guían su investigación y que pueden resumirse esencialmente
en la importancia de los contextos lingüístico y extralingüístico,
las situaciones de comunicación, el sentido, las intenciones comunicativas
(explícitas o implícitas) y los participantes en la comunicación.
El último apartado, centrado en la retórica, destaca precisamente
el carácter persuasivo de la comunicación verbal, basado en los
valores de reforzamiento y atenuación y, especialmente, en las vertientes
positiva y negativa del proceso eufemístico.
Los capítulos II y III, en los que se trata de manera extensa los procesos
de eufemismo y disfemismo, respectivamente, presentan una estructura similar
de sus contenidos, de tal manera que en ellos puede hallarse un planteamiento
inicial del marco teórico de cada uno además de una exposición
de las perspectivas para su análisis que se ajusta con rigor a los objetivos
generales del trabajo porque en ella se analizan estos procesos como fenómenos
lingüísticos, pragmáticos y literarios.
Concretamente, los marcos teóricos incluyen a lo largo de sus distintos
apartados, además de los aspectos etimológicos y diferentes conceptualizaciones
del fenómeno en cuestión (con definiciones de carácter
extralingüístico, lingüístico y pragmático),
discusiones acerca de las relaciones entre eufemismo y tabú (pp. 83-85),
los fines y motivaciones del eufemismo y del disfemismo (pp. 87-91 y pp. 167-170),
así como sobre la aceptabilidad o no del eufemismo (pp. 91-93) y sobre
las relaciones entre disfemismo y argot (pp. 170-171). Si atendemos a los detalles,
cabe destacar que, puesto que el eufemismo actúa sobre el tabú
para hacerlo aceptable (precisamente, una de las motivaciones que enumeramos
un poco más abajo), sin que por ello debamos considerar que las esferas
de interdicción son invariables, es, con todo, necesario distinguir claramente
entre el eufemismo, entendido como un proceso, y el sustituto eufemístico,
que es una unidad léxica (p. 80). Su revisión del marco teórico
da como resultado una caracterización del eufemismo como fenómeno
social, inestable y relativo, pero también, desde el punto de vista lingüístico,
de carácter discursivo y pragmático, siguiendo los planteamientos,
entre otros, de Allan & Burridge (1991), Warren (1992) y, sobre todo, Casas
Gómez (1986). En este sentido, Casas Gómez (2007:8) ha señalado
recientemente las limitaciones de carácter teórico y metodológico
que su definición de 1986 imponía al fenómeno, aún
cuando aquella definición supuso evidentemente una importante novedad
para su estudio. En cambio, en el caso del disfemismo, la discusión parte
del que, a su juicio, es un reduccionismo teórico según el cual
el fenómeno se entiende en términos de jerga o de recurso humorístico,
proporcionando él mismo la definición pragmática. Por otra
parte, las motivaciones (en clara relación con las causas del tabú),
señaladas por Crespo Fernández son, para el eufemismo, encubridoras,
de tacto social, de acomodación e integración social, de dignificación,
persuasiva, estética y ocultadora, mientras que, para el disfemismo,
persiguen fines como el ataque verbal, la rebeldía social, la liberación
de tensiones, la persuasión o el poder social.
En cuanto al análisis de los eufemismos y disfemismos
como fenómenos lingüísticos, Crespo Fernández parte
de la base de que ambos son casos de parasinonimia, que se dan, respectivamente,
entre el sustituto eufemístico y el (término) tabú al que
reemplaza y entre el sustituto disfemístico y el rasgo sémico
negativo que acentúa. En todo caso, se trata de procesos metafóricos
sobre los que el autor ofrece una extensa discusión. En relación
con ello, analiza el efecto que sobre el tabú ejerce el lenguaje figurado,
lo que lleva a una clasificación escalar de los eufemismos y disfemismos
metafóricos en explícito, convencional, novedoso y estético
(pp. 98-101 y pp. 174-175), si bien el último, el estético, no
es identificable con el disfemismo. Esta propuesta tiene su aplicación
lexicográfica en la configuración de las entradas correspondientes
a los ejemplos utilizados y que podemos hallar en el anexo. El exhaustivo análisis
del carácter metafórico de los eufemismos se complementa con una
nota sobre el valor cognitivo de las metáforas eufemísticas. Otros
aspectos lingüísticos abordados por el autor se refieren al cambio
semántico y sus efectos sobre las unidades léxicas (pp. 103-105),
además de las que denomina variantes eufemísticas y
disfemísticas, a saber, términos, locuciones y enunciados
(pp. 106-108 y pp. 177-179, respectivamente), lo que avala su punto de vista
acerca de eufemismo y disfemismo como manifestaciones de la variación
lingüística no circunscritas exclusivamente al nivel léxico.
Finalmente trata los mecanismos de creación de eufemismos y disfemismos,
partiendo de diferentes clasificaciones realizadas por otros autores, como son
Senabre (1971), Williams (1975), Casas Gómez (1986), Alonso Moya (1988),
Allan & Burridge (1991) o Warren (1992), para proponer la suya propia (véanse
esquemas en p. 117, para el eufemismo, y p. 181, para el disfemismo).
En lo que se refiere al enfoque pragmático de estos
fenómenos, el autor construye su argumentación, en consonancia
con los principios que había establecido, en torno a tres grandes cuestiones:
el contexto discursivo, un planteamiento general de las teorías pragmáticas
más relevantes y un análisis de estos fenómenos desde variables
espacio-temporales (que incluyen entornos, geografía y situaciones) y
socio-culturales (edad, sexo, clase social, etc.), no siempre claramente delimitadas
desde el punto de vista de la teoría sociolingüística (véanse
las denominadas variables pragmáticas del eufemismo en pp. 132-143
y los condicionantes discursivos del disfemismo en pp. 193-202). En cuanto
a la teoría pragmática, puede decirse que para el autor toda la
pragmática es relevante para el estudio de estos fenómenos puesto
que considera su incidencia en ellos de, por este orden, la teoría de
los actos de habla, el principio de cooperación, la teoría de
la relevancia, la teoría de la imagen, el principio de cortesía
y la estética de la recepción, teoría esta última,
no estrictamente pragmática sino de la crítica literaria, surgida
en el marco de la Escuela de Konstanz (Acosta Gómez 1999).
Por último, el fenómeno literario abarca las nociones de estilo
y lenguaje literario y una discusión sobre el concepto ya presentado
de eufemismo estético (pp. 147-150), así como de las funciones
literarias del eufemismo (pp. 150-152) y del disfemismo (pp. 206-210), todo
ello ilustrado con gran profusión de ejemplos de la lengua inglesa, y
de las cuales el autor resalta en ambos casos su capacidad para proporcionar
al lector información acerca de contextos no sólo directamente
relacionados con el mundo recreado en la obra literaria, sino también
extraliterarios y ajenos a su contexto ficticio.
Ya en el capítulo IV, Crespo Fernández trata
los cuasieufemismos y cuasidisfemismos como procesos mixtos de manipulación
del referente. Presenta algunas consideraciones generales y otras de carácter
pragmático, relativas a las que denomina variantes de cuasieufemismos
y cuasidisfemismos, además de los objetivos y finalidades para los cuales
se utilizan. En el caso del cuasidisfemismo se especifican además su
relación con la ironía (pp. 230-232) y sus recursos formativos
(pp. 232-233).
En cuanto a aspectos de índole metodológica,
los anexos (pp. 249 y ss.) constituyen un repertorio de ejemplos extraídos
de las novelas y obras de teatro consultadas, agrupados según si se trata
de eufemismos, disfemismos o procesos mixtos, y caracterizados de acuerdo con
las categorías antes definidas, ya que en cada entrada se señalan
su categoría, desde el punto de vista de la clasificación de eufemismos
y disfemismos metafóricos, así como el mecanismo lingüístico
relacionado con su formación. Cabría objetársele, sin embargo,
al autor el reducido número de trabajos que conforman el corpus
empleado y tal vez la falta de rigor en su uso y codificación, pues utiliza
ocho textos literarios pertenecientes a géneros distintos, sin que ello
tenga más trascendencia (no se comparan géneros), pero además
ejemplifica ocasionalmente sobre otros seis. Dichas objeciones podrían
deberse, no sólo a razones metodológicas que pudieran aconsejar
un mayor número de fuentes, sino al hecho de que, precisamente, nos hallamos
ante fenómenos que son el resultado de opciones de estilo, por lo que
podría discutirse hasta qué punto son extrapolables las conclusiones
a las que llega el autor a partir de su análisis.
Así pues, podemos concluir ahora, de acuerdo con las afirmaciones de
Crespo Fernández, que eufemismo y disfemismo son resultados de procesos
de manipulación del referente. Por ello, fenómenos discursivos,
contextúales, que han de entenderse en términos de gradualidad,
más allá de sus características lexicológicas. Sus
respectivas manifestaciones lingüísticas, esto es, los sustitutos
eufemísticos y disfemísticos, son unidades inestables, mientras
que el fondo social y cognitivo que las sustenta, el tabú y, por tanto,
su interdicción, es intemporal y universal. Realmente, Crespo Fernández
ha producido una obra de gran interés, útil no ya sólo
para trabajos de lingüística general, sino, sobre todo, para investigaciones
sobre la lengua inglesa y sobre su literatura. El texto que hemos reseñado
tiene el valor de proporcionar un fondo teórico para un fenómeno
lingüístico que está directamente relacionado con la hermenéutica
de los textos, con lo que ello supone para los estudios de crítica literaria
en el marco de la literatura en lengua inglesa. Por otra parte, sirve asimismo
como fuente para investigaciones de carácter contrastivo, bien entre
ámbitos culturales diferentes (como podría ser un estudio comparativo
entre la literatura inglesa y norteamericana), bien entre periodos históricos
diferentes (véanse las interesantes apreciaciones que hace el autor a
lo largo de su trabajo respecto de, por ejemplo, la época victoriana).
Finalmente, arroja una importante relación de datos lingüísticos
clasificados según su grado de lexicalización, a partir de premisas
metodológicas y teóricas que bien podrían servir a otro
tipo de investigaciones de carácter lexicológico y semántico
sobre la lengua inglesa, o sobre cualquier otra, por supuesto.
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